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Los cuatro primeros concilios de la Iglesia, explicados en cinco minutos

Sep 15

Cuando rezas el Credo un domingo cualquiera estás repitiendo, casi palabra por palabra, lo que cuatro asambleas de obispos decidieron entre los siglos IV y V. No son curiosidades de anticuario: son las cuatro veces en que la Iglesia tuvo que decir con precisión quién es Jesucristo, porque alguien lo había puesto en duda. Estos son, en cinco minutos, los cuatro primeros concilios ecuménicos.

Nicea, 325: ¿el Hijo es Dios o es una criatura?

Un sacerdote de Alejandría, Arrio, enseñaba que el Hijo era la primera y más excelsa de las criaturas: muy superior a nosotros, pero criatura al fin. Su fórmula era pegadiza: «hubo un tiempo en que no existía». La discusión incendió el imperio, y el emperador Constantino convocó a los obispos en Nicea.

El concilio respondió con una palabra que no está en la Escritura y que por eso mismo costó aceptar: homoousios, «consustancial». El Hijo es de la misma sustancia que el Padre. No parecido, no subordinado: el mismo Dios. De ahí viene la línea que rezamos: «Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no creado, consustancial al Padre».

Constantinopla I, 381: y el Espíritu Santo, ¿qué?

Resuelta la cuestión del Hijo, quedaba la tercera Persona. Un grupo llamado los pneumatómacos («los que combaten al Espíritu») admitía la divinidad del Hijo pero rebajaba al Espíritu Santo a la condición de servidor.

Constantinopla completó el Credo de Nicea con la fórmula que seguimos usando: el Espíritu Santo es «Señor y dador de vida», y «con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria». Obsérvese la finura: no dice «es Dios» con esas palabras, sino que le atribuye lo que sólo a Dios se debe. Desde entonces el texto que rezamos se llama, con propiedad, Credo niceno-constantinopolitano.

Éfeso, 431: María, Madre de Dios

Nestorio, patriarca de Constantinopla, sostenía que a María había que llamarla Christotokos (madre de Cristo) y no Theotokos (Madre de Dios), porque una criatura no puede engendrar a Dios. Parece una disputa sobre María; en realidad era una disputa sobre Cristo.

Si en Jesús hay dos sujetos —uno divino y otro humano, unidos por una especie de acuerdo—, entonces no es Dios quien nace, ni Dios quien padece, y la Redención se desmorona. Éfeso, con san Cirilo de Alejandría al frente, proclamó que en Cristo hay una sola Persona, la del Verbo. Y por eso María es verdaderamente Madre de Dios: no porque dé origen a la divinidad, sino porque aquel a quien da a luz es Dios.

Calcedonia, 451: una Persona, dos naturalezas

El péndulo se fue al otro extremo. Eutiques enseñó que, tras la unión, la humanidad de Cristo quedaba absorbida por la divinidad como una gota de agua en el mar: una sola naturaleza, la divina. Es el monofisismo.

Calcedonia fijó la fórmula que sigue siendo el marco de toda la cristología católica: Cristo es una sola Persona en dos naturalezas, divina y humana, unidas «sin confusión, sin cambio, sin división, sin separación». Cuatro adverbios que cierran de golpe las cuatro puertas por las que se había colado el error.

Por qué esto sigue importando

Cada uno de estos concilios nació de una crisis, y cada uno respondió no inventando doctrina nueva, sino poniendo por escrito lo que la Iglesia ya creía y rezaba. Ese es el patrón que se repetirá durante veinte siglos: la herejía obliga a precisar, y la precisión protege la fe de los sencillos.

Y hay algo más práctico: prácticamente todos los errores que circulan hoy sobre Jesucristo —el maestro sabio que no era Dios, el Dios que sólo aparentaba ser hombre, el Cristo «cósmico» sin carne— son variantes de algo que ya se discutió y se resolvió entre el 325 y el 451. Conocer estos cuatro concilios es tener el mapa.

Si quieres recorrer despacio este período —los concilios, los Padres, las persecuciones y el nacimiento de la cristiandad—, lo tratamos a fondo en el Curso de Historia Antigua de la Iglesia Católica que imparte el P. Gabriel Calvo Zarraute en la Escuela.

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