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De todas las herejías que ha sufrido la Iglesia, ninguna llegó tan lejos como el arrianismo. Durante buena parte del siglo IV pareció que iba a ganar. Emperadores enteros la profesaron. Y cuando por fin fue derrotada en el Imperio, ya se había subido al carro de los pueblos bárbaros que venían del norte. Con ellos entró en España, y aquí duró hasta el año 589.
Qué decía exactamente
Arrio era presbítero en Alejandría, de origen libio, hombre de vida austera y muy buen polemista. Hacia el año 318 empezó a difundir su doctrina, y el razonamiento era este:
Dios es absolutamente uno, eterno e increado. Todo lo que existe fuera de Él es criatura. Luego el Verbo, el Hijo, no puede ser eterno ni tener la misma naturaleza del Padre. Es una criatura: la primera de todas y la más perfecta, hecha por Dios como instrumento para crear el mundo. Se le puede llamar «Dios», pero solo en sentido impropio. Y, siendo criatura, era en sí mudable y capaz de pecar; si se mantuvo sin mancha fue por una gracia especial.
Dicho así suena casi a nota al pie. No lo era.
Por qué era tan peligrosa
Porque destruía la Redención por la base. Si Cristo no es verdadero Dios, su muerte en la Cruz no tiene valor infinito y no reconcilia a nadie con el Padre. Y si el sacrificio de la Cruz no vale, la Misa —que lo renueva de modo incruento— tampoco vale. Todo el edificio se viene abajo empezando por los cimientos.
El arrianismo no era una discusión de matices entre teólogos. Era otra religión con el mismo vocabulario.
Por qué gustó tanto
Por tres razones muy humanas.
La primera, que parecía más razonable. Elimina el misterio. Un Dios único y supremo, y por debajo una criatura excelsa: eso lo entendía cualquiera formado en la filosofía griega, acostumbrado al Summus Deus y profundamente incómodo con la Trinidad. Al pagano que se acercaba al cristianismo se le hacía todo más fácil.
La segunda, que Arrio se apoyaba en la Escritura. Reunió montones de pasajes que subrayan la subordinación del Hijo al Padre, y los leía a su manera. No llegaba diciendo «la Biblia se equivoca»; llegaba citándola.
Y la tercera, que nació como reacción a un error contrario. Durante el siglo III la Iglesia había combatido el sabelianismo, que negaba la distinción de Personas en Dios y hacía del Hijo una simple manifestación del Padre. Al rechazarlo, algunos teólogos se pasaron de frenada y acabaron distinguiendo tanto al Hijo del Padre que le rebajaron la divinidad. De ese ambiente salió Arrio. Las herejías suelen nacer así: huyendo de otra.
Nicea, y el mundo al revés
El obispo Alejandro de Alejandría lo excomulgó en el 321, en un concilio de más de cien obispos. Arrio, lejos de callarse, recorrió Palestina y Asia Menor ganando partidarios y escribió la Thalía, una obra en verso para divulgar su sistema.
En el 325, a propuesta de Osio de Córdoba, se convocó el Concilio de Nicea. Allí se acuñó la palabra homoousios, «consustancial», y de trescientos obispos solo dos se negaron a firmar.
Y entonces ocurrió lo inesperado: la condena no sirvió de nada. En el 328 Constantino permitió volver a Eusebio de Nicomedia y rehabilitó al propio Arrio. Su hijo Constancio II, que acabó reinando solo desde el 350, era arriano convencido. Con el emperador a favor, el arrianismo llegó a su apogeo y los obispos católicos empezaron a ser los perseguidos.
El símbolo de esos años es san Atanasio, patriarca de Alejandría. Lo acusaron de asesinar a un obispo llamado Arsenio —al que presentó vivo ante el tribunal— y de bloquear el trigo que iba a Constantinopla. Fue desterrado cinco veces. Pasó diecisiete años de su vida en el exilio por no ceder en una palabra.
El arrianismo no quedó derrotado en el Imperio hasta el concilio de Constantinopla del año 381, bajo Teodosio. Cincuenta y seis años después de Nicea.
Cómo llegó a España
Aquí viene la parte que casi nadie cuenta, y que a un español le toca de cerca.
Mientras el arrianismo perdía la batalla dentro del Imperio, la ganaba fuera. Hacia el año 341 un godo llamado Ulfilas fue consagrado obispo en Constantinopla —por manos arrianas— y volvió con su pueblo a evangelizarlo. Inventó un alfabeto gótico y tradujo la Biblia a su lengua. Fue una obra misionera admirable, con un problema: la fe que enseñó era arriana.
Así que cuando los godos entraron en el Imperio, entraron cristianos. Pero cristianos arrianos. Y mantuvieron esa fe durante siglos, en parte por convicción y en parte por política: era lo que les daba identidad propia frente a los hispanorromanos católicos entre los que vivían.
Los visigodos trajeron el arrianismo a la península. Una minoría gobernante arriana sobre una mayoría hispanorromana católica. Los alanos, dominados por ellos, adoptaron también su fe. Los suevos del noroeste llegaron paganos, se hicieron católicos hacia el 450, recayeron en el arrianismo y no volvieron definitivamente hasta el 563, con san Martín de Braga. Los vándalos, en el norte de África, se hicieron arrianos y persiguieron a los católicos con dureza.
Hermenegildo y Recaredo
Tras un largo período de tolerancia —tan real que en el 527 se celebró el II Concilio de Toledo con el apoyo del rey Amalarico—, llegó Leovigildo, un gran unificador político que quiso también la unidad religiosa, pero en arriano. Desterró obispos católicos, entre ellos a Masona de Mérida.
Su propio hijo mayor, Hermenegildo, casado con la princesa franca Ingunda y ganado por san Leandro, se hizo católico en Sevilla. Se rebeló contra su padre, perdió, y murió por negarse a comulgar de manos de un obispo arriano. La Iglesia lo venera como mártir.
El que cerró la historia fue su hermano. Recaredo convocó a los obispos arrianos en el 586 y, en el III Concilio de Toledo, en el año 589, hizo profesión pública de fe católica junto con su corte. El catolicismo quedó como religión oficial del reino visigodo. Hubo después algún intento de restaurar el arrianismo —Liuva II, Witerico— y ninguno prosperó.
Dos siglos y medio después de Nicea, en una ciudad de Castilla, se firmó el acta de defunción de la herejía de Arrio.
Una herejía que nunca acaba de morir
La tentación arriana es perpetua, porque responde a un impulso permanente: quitarle a la fe lo que no cabe en la cabeza. Un Jesús admirable, maestro insuperable, criatura privilegiada, es mucho más manejable que el Dios hecho hombre.
Por eso reaparece. Los Testigos de Jehová sostienen hoy, con otro vocabulario, exactamente lo que sostenía Arrio: que Cristo es la primera criatura de Dios, no Dios mismo. Y no son los únicos.
La respuesta sigue siendo la de aquellos trescientos obispos llenos de cicatrices: engendrado, no creado, consustancial al Padre.
El arrianismo, su desarrollo y la conversión del reino visigodo se estudian en las Clases VIII, IX y XIII del Curso de Historia Antigua de la Iglesia Católica, que imparte el P. Gabriel Calvo Zarraute en la Escuela de Pensamiento Católico Melchor Cano. El manual del curso es su libro «Historia de la Iglesia Católica. Edad Antigua».
