El Concilio de Nicea se ha convertido en una especie de comodín. Se le atribuye haber inventado la divinidad de Cristo, haber elegido los evangelios, haber suprimido la reencarnación y unas cuantas cosas más. Lo que pasó en realidad tiene menos misterio y bastante más interés.
Por qué se convocó
Hacia el año 318, un presbítero de Alejandría llamado Arrio empezó a predicar algo que sonaba razonable. Dios es uno, eterno e increado. Todo lo demás es criatura. Luego el Verbo, el Hijo, no puede ser eterno: tiene que ser una criatura, la primera y la más perfecta de todas, hecha por Dios para crear a través de ella el mundo. Excelso, sí. Pero criatura, y por tanto mudable y capaz de pecar.
Arrio era hombre de vida austera, buen dialéctico y muy tenaz. Defendía su doctrina con citas bíblicas que subrayaban la subordinación del Hijo al Padre, y aquello enganchó, sobre todo entre gente formada en la filosofía griega, acostumbrada a un Ser supremo único y muy incómoda con el misterio trinitario.
El problema no era académico. Si Cristo no es verdaderamente Dios, su muerte en la cruz no reconcilia a nadie con nadie, y la Misa no renueva ningún sacrificio. La Redención entera se venía abajo.
Su obispo, Alejandro de Alejandría, intentó convencerlo por las buenas. Al no conseguirlo, reunió en el 321 a más de cien obispos, que condenaron la doctrina y lo excomulgaron. Arrio salió de Egipto, recorrió Palestina y Asia Menor, ganó apoyos importantes —sobre todo el de Eusebio de Nicomedia, que tenía mucha mano en la corte— y escribió una obra en verso, la Thalía, para divulgar su sistema. En pocos años aquello dejó de ser una opinión teológica y se convirtió en un movimiento.
Un obispo de Córdoba en medio
Constantino acababa de vencer a Licinio en el 323 y se veía por fin dueño de un Imperio unido. La división religiosa de Oriente le alarmó.
Primero escribió a Alejandro y a Arrio pidiéndoles que se reconciliaran. Como no funcionó, mandó a su consejero religioso a mediar en persona: Osio, obispo de Córdoba. Osio vio enseguida que el asunto no se arreglaba con una carta y propuso al emperador convocar un concilio general. Constantino aceptó de inmediato y puso el aparato del Imperio a disposición de los obispos: transporte gratuito, gastos de viaje y estancia pagados, toda la logística de una asamblea que no tenía precedentes.
Quiénes fueron
Se reunieron en Nicea, en Bitinia, hacia mayo del 325. Unos trescientos obispos, la inmensa mayoría de Oriente. Del papa Silvestre fueron dos legados, los sacerdotes Vito y Vicente. Presidió Osio de Córdoba.
Conviene detenerse en quiénes eran aquellos hombres. Muchos llevaban en el cuerpo las marcas de la persecución de Diocleciano, terminada apenas catorce años antes: cicatrices, miembros mutilados, ojos vaciados. No era un congreso de funcionarios eclesiásticos. Era una generación de supervivientes.
Entre ellos estaba el patriarca Alejandro de Alejandría, acompañado de un archidiácono joven y combativo llamado Atanasio, que iba a pasar el resto de su vida defendiendo lo que allí se decidió.
Cómo transcurrió
Constantino inauguró la asamblea con manto imperial y zapatos de púrpura, y pronunció un discurso pidiendo a los obispos que restablecieran la unidad. Se definió a sí mismo como «obispo externo»: la fe era asunto de ellos.
Las sesiones fueron ásperas. Aparecieron tres posiciones. Unos querían afirmar la divinidad del Verbo con fórmulas sacadas literalmente de la Escritura. Otros, muy influidos por la teología de Orígenes, usaban un lenguaje que rozaba el subordinacionismo. Y Arrio y los suyos —hasta veintidós obispos se mostraron al principio próximos a sus tesis— defendían abiertamente que el Verbo era criatura.
El atasco era real, y por una razón concreta: los arrianos firmaban sin problema cualquier fórmula bíblica, porque después la interpretaban a su manera. Hacía falta una palabra que no admitiera dos lecturas.
La palabra
La propuso Osio de Córdoba: homoousios, «consustancial». De la misma sustancia que el Padre.
Fue un hallazgo. No venía de la Escritura, y eso incomodó a algunos, pero tenía la virtud de que no se podía torcer: o se aceptaba que el Hijo es de la misma naturaleza que el Padre, o no se aceptaba. Se acabaron las ambigüedades.
De ahí salió el Símbolo de Nicea, cuyo núcleo es la fórmula que los católicos siguen recitando cada domingo: «engendrado, no creado, consustancial al Padre».
Constantino adoptó el Símbolo como garantía de unidad imperial y exigió que se firmara bajo pena de destierro. Firmó la mayoría, incluidos los amigos de Arrio y el propio Eusebio de Nicomedia. Solo dos obispos se negaron en redondo, y fueron desterrados junto con Arrio.
Lo demás que se decidió
Nicea no fue solo el Credo. El concilio zanjó también el cisma meleciano de Egipto, unificó la fecha de la Pascua según la práctica occidental —hasta entonces unas iglesias la celebraban con el calendario judío y otras no, y era un desorden— y publicó veinte cánones disciplinarios sobre el gobierno de la Iglesia: condiciones para ordenar obispos, traslados de sede, readmisión de los que habían apostatado en la persecución, el modo de celebrar los sínodos provinciales.
Ninguno de esos veinte cánones trata de qué libros componen la Biblia. Es un asunto que no se planteó.
Lo que vino después
Aquí está lo que casi nunca se cuenta: Nicea no resolvió nada de forma inmediata.
En el 328 Constantino permitió volver a Eusebio de Nicomedia y poco después rehabilitó al propio Arrio. Ese mismo año Atanasio fue elegido patriarca de Alejandría, y los arrianos se emplearon a fondo para derribarlo: lo acusaron de asesinar a un obispo llamado Arsenio —al que Atanasio presentó vivo ante el tribunal— y luego de bloquear los envíos de trigo a Constantinopla, lo que sacó al emperador de sus casillas. En el 335 lo desterró a Tréveris.
Arrio murió repentinamente en Constantinopla, en circunstancias que dieron mucho que hablar, justo antes de la ceremonia que iba a devolverlo solemnemente a la Iglesia.
Y la cosa siguió durante medio siglo. Bajo Constancio II, emperador arriano, la herejía llegó a su apogeo. San Atanasio fue desterrado cinco veces. El arrianismo no quedó definitivamente derrotado hasta el concilio de Constantinopla del año 381.
Dicho de otro modo: Nicea no fue el final de una discusión, sino el principio de un pulso que duró cincuenta y seis años. Y lo ganaron los obispos, no la corte.
Para seguir leyendo
- El arrianismo: la herejía que estuvo a punto de quedarse con la Iglesia
- ¿Constantino inventó el cristianismo?
- ¿Quién decidió qué libros entran en la Biblia?
El arrianismo, el Concilio de Nicea y la larga lucha posterior se estudian en las Clases VIII y IX del Curso de Historia Antigua de la Iglesia Católica, que imparte el P. Gabriel Calvo Zarraute en la Escuela de Pensamiento Católico Melchor Cano. El manual del curso es su libro «Historia de la Iglesia Católica. Edad Antigua».
