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¿Quién decidió qué libros entran en la Biblia?

Sep 16

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Es una de esas preguntas que parecen de curiosidad y llevan directas al fondo del asunto. Si alguien decidió qué libros son Palabra de Dios y cuáles no, ¿quién era y con qué autoridad lo hizo?

La respuesta corta es que no hubo un momento único, ni una reunión secreta, ni una votación. Hubo un proceso de cuatro siglos. Pero sí hubo, al final, una decisión. Y conviene saber de quién.

Primero existió la Iglesia, después el Nuevo Testamento

Este es el dato que suele descolocar a quien se asoma por primera vez.

Durante los primeros años de la Iglesia no había Nuevo Testamento. Los apóstoles y sus colaboradores se dedicaron a predicar, no a escribir. Las cartas de san Pablo se fueron redactando a partir de los años cincuenta, y los evangelios se pusieron por escrito después. Cuando en el año 49 o 50 los apóstoles se reunieron en Jerusalén para decidir si los conversos paganos debían cumplir la ley de Moisés, no consultaron ningún libro del Nuevo Testamento, porque no existía ninguno.

La Iglesia predicaba, celebraba y gobernaba antes de tener los textos. Los textos nacieron dentro de ella.

El problema apareció con los falsificadores

Al principio nadie hizo listas porque nadie las necesitaba. Cada iglesia sabía qué escritos venían de los apóstoles y cuáles no, y esos eran los que se leían en la asamblea del domingo.

La necesidad de poner orden llegó con los herejes. En el siglo II proliferaron los escritos gnósticos: evangelios atribuidos a Tomás, a Felipe, a Judas, a María Magdalena, textos que presentaban un cristianismo completamente distinto, con un dios creador malvado y una salvación reservada a los iniciados.

Y llegó Marción, hacia el año 144, que hizo lo contrario: en lugar de añadir libros, los quitó. Rechazó entero el Antiguo Testamento, se quedó con una versión recortada del evangelio de san Lucas y diez cartas de san Pablo mutiladas. Fue el primero en publicar una lista cerrada.

Ante eso, la Iglesia tuvo que decir en voz alta lo que hasta entonces daba por supuesto.

Las listas que fueron apareciendo

Hacia el año 180 aparece el llamado fragmento de Muratori, el catálogo más antiguo que conservamos. Está mutilado al principio, pero recoge ya los cuatro evangelios, los Hechos, las cartas de san Pablo, el Apocalipsis. Faltan algunos libros y sobra alguno que luego no entró, pero el núcleo es el de hoy. Y eso es siglo y medio antes de Nicea.

Por las mismas fechas, san Ireneo de Lyon argumenta que los evangelios son cuatro, ni más ni menos, contra los gnósticos que querían añadir el suyo. Orígenes, en el siglo III, clasifica los escritos en aceptados por todos, discutidos y espurios. Eusebio de Cesarea repite el esquema a principios del siglo IV.

Porque hubo discusión, y es honrado decirlo. Sobre el Apocalipsis, sobre la carta a los Hebreos, sobre Santiago, sobre la segunda de Pedro, no había unanimidad. Y algunos textos muy estimados —la carta de san Clemente, el Pastor de Hermas— se leían en algunas iglesias y no acabaron entrando.

La lista completa aparece en el año 367

La primera lista que coincide exactamente con los 27 libros del Nuevo Testamento actual está en la carta pascual que san Atanasio, patriarca de Alejandría, escribió en el año 367. Ni uno más, ni uno menos.

A partir de ahí, la cosa se cerró rápido. El concilio de Hipona en el 393 y el de Cartago en el 397, con san Agustín presente, fijaron el canon completo —Antiguo y Nuevo Testamento— y pidieron confirmación a Roma. El papa Inocencio I lo ratificó en el 405. San Jerónimo, mientras tanto, traducía al latín ese conjunto de libros en la versión que se llamaría Vulgata y que Occidente usaría durante mil años.

Conviene subrayar lo que hicieron aquellos concilios: reconocer, no inventar. Los libros llevaban siglos leyéndose en la liturgia. Lo que hizo la Iglesia fue certificar por escrito una práctica antiquísima, igual que un notario no crea la propiedad de una casa cuando la escritura.

Con qué criterio

Los criterios eran básicamente tres, y se aplicaron juntos.

Origen apostólico: que el libro viniera de un apóstol o de alguien de su círculo inmediato. San Marcos no fue apóstol, pero escribió recogiendo la predicación de san Pedro; san Lucas tampoco, pero era compañero de san Pablo.

Uso en la liturgia: que se leyera efectivamente en la Misa, y no en una comunidad aislada, sino en las iglesias de origen apostólico repartidas por el Imperio. Este criterio es el que más pesó, y es también el más difícil de falsificar: no se puede inventar hacia atrás la costumbre de cien ciudades.

Conformidad con la fe recibida: que no contradijera lo que la Iglesia había predicado desde el principio.

Y los libros que unos tienen y otros no

Aquí está la única diferencia que sigue viva hoy. La Biblia católica tiene siete libros del Antiguo Testamento que la protestante no tiene: Tobías, Judit, Sabiduría, Eclesiástico, Baruc y los dos de los Macabeos, más algunos pasajes de Ester y Daniel.

Esos libros estaban en la Septuaginta, la traducción griega del Antiguo Testamento que usaban los judíos de la diáspora y que es la versión que citan los autores del Nuevo Testamento cuando se refieren a la Escritura. La Iglesia los recibió con ella y los mantuvo en Hipona, en Cartago y en la Vulgata.

Lutero los apartó en el siglo XVI, siguiendo el canon judío más corto que se había fijado después de la destrucción del Templo. El concilio de Trento, en 1546, definió solemnemente el canon completo tal como la Iglesia lo venía usando.

Obsérvese que ninguna de las dos partes está discutiendo sobre el Nuevo Testamento: los 27 libros son los mismos para todos. Y son los que la Iglesia católica reconoció en aquellos concilios africanos del siglo IV.

La pregunta que queda

Si uno acepta los 27 libros del Nuevo Testamento —y prácticamente todos los cristianos los aceptan—, está aceptando el resultado de un discernimiento que hizo la Iglesia a lo largo de cuatro siglos, y que quedó fijado por unos obispos reunidos en Hipona y en Cartago.

No hay ningún libro del Nuevo Testamento que contenga la lista de los libros del Nuevo Testamento. La Biblia no trae su propio índice. Alguien tuvo que hacerlo.

 

La formación del canon, el gnosticismo y las primeras escuelas cristianas se estudian en las Clases III y V del Curso de Historia Antigua de la Iglesia Católica, que imparte el P. Gabriel Calvo Zarraute en la Escuela de Pensamiento Católico Melchor Cano. El manual del curso es su libro «Historia de la Iglesia Católica. Edad Antigua».