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Hay un siglo de la historia de España que casi nadie estudia y que merecería estar en todos los manuales. Entre el año 589 y el 711, la Iglesia hispana fue probablemente la más vigorosa, la más culta y la mejor organizada de todo el Occidente cristiano. Mientras Italia estaba deshecha por las guerras y la Galia vivía sus siglos más oscuros, en Toledo se legislaba.
De dónde venía aquello
El punto de partida es el III Concilio de Toledo, en el año 589, cuando el rey Recaredo abjuró del arrianismo y profesó públicamente la fe católica junto con su corte. De golpe desapareció la fractura que había partido la península durante casi dos siglos: una minoría goda arriana gobernando sobre una mayoría hispanorromana católica.
No se llegó ahí de la nada. El cristianismo llevaba mucho tiempo arraigado en Hispania. El concilio de Elvira, anterior al 313, ya muestra una Iglesia bien organizada y con problemas de Iglesia madura. En el 527 se había celebrado el II Concilio de Toledo, más modesto pero ya con decisiones de peso. Y había dado figuras notables: Prudencio, el mejor poeta cristiano latino; Orosio, el historiador; Idacio; san Martín de Braga, que convirtió a los suevos.
Lo que hizo el 589 fue quitar el obstáculo. A partir de ahí, todo creció deprisa.
Dieciocho concilios en ciento veinte años
Entre el 589 y el 711 se celebraron en Toledo dieciocho concilios nacionales. Uno cada seis años de media, aunque de forma irregular, porque los convocaba el rey y lo hacía cuando le parecía.
Y aquí está lo que los hace únicos en la Europa de su tiempo: no eran asambleas solo de obispos.
Asistían los obispos, en persona o por delegado —al IV Concilio, presidido por san Isidoro en el 633, acudieron sesenta y seis—. Pero asistían también el rey, los nobles del aula regia y otros laicos designados por el propio concilio. Y los abades, primero sin voto y desde el VIII Concilio con voz y voto propios, una innovación española que después se extendió por toda Europa.
Las competencias estaban repartidas con bastante claridad. Los asuntos de doctrina, moral y disciplina eran cosa exclusiva del clero, y su autoridad ahí era plena, siempre subordinada al papa. Los laicos participaban en los asuntos seculares: traición, regicidio, orden público, administración del reino.
Las actas las firmaban todos, y el rey solía firmar el primero. Su firma no validaba los decretos religiosos —no le correspondía—, sino que comprometía a aplicarlos como ley del reino.
Ni cortes ni sínodo
Los historiadores llevan tiempo discutiendo qué eran exactamente. Algunos los han comparado con las futuras cortes de Castilla y Aragón, por la mezcla de clérigos y laicos. Pero el reino visigodo tenía además otras asambleas propiamente civiles, distintas de estas.
La respuesta razonable es que eran organismos mixtos: ni cortes civiles ni sínodos puramente eclesiásticos, con una orientación de conjunto claramente eclesiástica, y con una influencia decisiva sobre la legislación y la cultura del reino.
Son, en la práctica, el mejor ejemplo antiguo de lo que después se llamaría Cristiandad: dos poderes distintos, con fines distintos, colaborando sin confundirse.
El rito mozárabe
Uno de los frutos más duraderos salió del IV Concilio de Toledo, el del 633, presidido por san Isidoro. Su canon 2 estableció una liturgia común para toda la Iglesia hispana.
Ese rito se conoce hoy como mozárabe, y también como hispánico, visigótico o isidoriano, aunque ni san Isidoro ni los obispos toledanos lo compusieron. Lo que hicieron fue unificar y regularizar una liturgia mucho más antigua, crecida orgánicamente durante siglos, que ya estaba asentada cuando los visigodos la adoptaron.
Tiene una particularidad llamativa: conserva elementos de tradición oriental. Se explica por el contacto de figuras hispanas con el Oriente cristiano —Osio, Orosio, san Martín de Dumio, san Leandro, Juan de Valclara— y por la presencia bizantina en el sureste peninsular durante décadas. Parte de una base común con el rito romano, pero los dos evolucionaron por caminos distintos.
Y aquí viene lo mejor: sigue celebrándose. En la catedral de Toledo, en la capilla mozárabe, se celebra a diario. Es la liturgia latina viva más antigua de Occidente, y su unificación se decidió en una reunión de obispos españoles hace casi mil cuatrocientos años.
Esa liturgia propia fue además un factor de cohesión enorme. Después del 711, cuando la mayor parte de la península quedó bajo dominio musulmán, fue lo que mantuvo identificables a los cristianos que siguieron viviendo allí. De hecho, «mozárabes» es como se les llamó a ellos.
Matar al rey, el problema crónico
Los concilios tuvieron que ocuparse una y otra vez de un mal endémico del reino: la monarquía visigoda era electiva, y eso convirtió la usurpación del trono —casi siempre con asesinato del rey— en una costumbre.
El IV Concilio dictó penas durísimas y lanzó un anatema solemne contra los regicidas. El pueblo respaldó la condena a una voz: quien se atreviera a contradecir aquel dictamen, quedaba excomulgado. No bastó. El VII Concilio en el 646 y el XII en el 681 tuvieron que endurecer las penas y extender la protección a las familias, el séquito y las viudas de los reyes depuestos.
Y hubo momentos incómodos, que conviene no maquillar. Sisenando destronó a Suintila en el 633 y fue él quien promovió el IV Concilio, el mismo que condenó a los usurpadores. Los sesenta y seis obispos, con san Isidoro entre ellos, avalaron su legitimidad, probablemente porque no había alternativa ante un hecho consumado y porque la vuelta de Suintila habría significado el caos. Algo parecido ocurrió en el 681 con Wamba y Ervigio.
Los obispos no eran ingenuos. Tenían que gobernar con los reyes que había.
Lo que se perdió en el 711
El XVIII Concilio de Toledo es el último. Poco después, los ejércitos musulmanes cruzaron el Estrecho y la estructura entera se vino abajo en unos pocos años.
Quedaron los textos. Las actas de los concilios toledanos, la obra de san Isidoro —cuyas Etimologías fueron durante siglos la enciclopedia de Europa— y el rito. Con eso se reconstruyó después buena parte de la cultura cristiana de Occidente.
Fueron ciento veintidós años. No es mucho. Pero en ese tiempo, la Iglesia que legislaba en Toledo era la más brillante que había.
El apogeo de la Iglesia visigoda y los concilios de Toledo se estudian en la Clase XIII del Curso de Historia Antigua de la Iglesia Católica, que imparte el P. Gabriel Calvo Zarraute en la Escuela de Pensamiento Católico Melchor Cano. El manual del curso es su libro «Historia de la Iglesia Católica. Edad Antigua». La historia de la Iglesia en España se estudia además en el Seminario de Historia de la Iglesia en España.
