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Cómo era la Misa en los primeros siglos

Sep 16

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Si alguien pudiera asistir a una Misa del siglo II se llevaría dos sorpresas. La primera, cuánto le costaría reconocer el sitio. La segunda, cuánto reconocería de lo que allí se hace.

El testimonio de san Justino

Hacia el año 150, un filósofo converso llamado Justino escribió una apología dirigida al emperador para explicar qué hacían realmente los cristianos, harto de las calumnias que corrían. En ella describe la reunión del domingo. Es la descripción más antigua que tenemos, y dice esto:

Se reúnen todos el día del sol. Se leen las memorias de los apóstoles y los escritos de los profetas, tanto tiempo como se puede. Después, el que preside toma la palabra y exhorta a imitar lo que se ha leído. Se ponen todos de pie y oran. Se trae pan, vino y agua. El que preside pronuncia oraciones y acciones de gracias, y el pueblo responde amén. Se distribuye a cada uno lo consagrado, y los diáconos lo llevan a los ausentes. Al final, los que pueden dan lo que quieren, y lo recogido se entrega al que preside para socorrer a huérfanos, viudas, enfermos y presos.

Lecturas, homilía, oración de los fieles, ofertorio, plegaria eucarística, amén, comunión, colecta para los pobres. En ese orden. En el año 150.

La fracción del pan

El nombre más antiguo de la Misa está ya en los Hechos de los Apóstoles: la fracción del pan. Se llamaba así porque el pan consagrado se partía para repartirlo.

Al principio la celebración iba acompañada de una comida fraterna, el ágape, en la que cada uno llevaba algo y se compartía, con lo que se ayudaba de paso a los más pobres. Después venían las lecturas y la predicación. Esa primera parte se llamó liturgia de los catecúmenos, y terminaba cuando los que aún no estaban bautizados tenían que retirarse.

Entonces, tras el beso de la paz, empezaba la parte sacrificial: se presentaban el pan y el vino mezclado con agua, se rezaban las oraciones, se pronunciaba la fórmula de la consagración y el sacerdote distribuía la comunión, que luego se llevaba a los ausentes. Todo ello con salmos e himnos.

Poco a poco se fueron fijando las lecturas, las fórmulas y las oraciones. El Canon romano de la Misa, la gran plegaria eucarística de Occidente, es de origen antiquísimo. La Didaché y la Tradición Apostólica recogen las normas prácticas de aquellos años.

De dónde viene la palabra «Misa»

De la despedida. La fórmula con que se concluía la celebración era Ite, missa est, y de ese missa acabó saliendo el nombre de toda la ceremonia.

El primero que usa «Misa» en ese sentido, designando la celebración entera, es san Ambrosio, en el siglo IV. Curioso destino para una palabra que significaba simplemente «podéis marcharos».

Desde entonces la estructura queda en dos partes bien diferenciadas: la Misa de los catecúmenos, hasta el sermón, y la Misa de los fieles, del ofertorio a la bendición final.

El Credo llegó mucho después

Una cosa que suele sorprender: el Credo no formó parte de la Misa desde el principio. Es una incorporación tardía, y además desigual.

Entró en Antioquía en el siglo V, en Constantinopla a comienzos del VI y en Roma no hasta el siglo X. Seiscientos años después de que se redactara en Nicea.

Cómo se comulgaba

La comunión se recibía con enorme aprecio, y al principio con mucha frecuencia. San Agustín habla todavía de comuniones diarias o semanales. En el siglo VI la costumbre ya se había espaciado hasta las grandes fiestas, por una conciencia cada vez más viva de la disposición que se requiere para acercarse.

Se recibía de pie. Nunca sobre la palma desnuda, sino sobre un corporal de lino que se desplegaba antes. Las mujeres cubrían su cabeza con un velo, según la recomendación de san Pablo. En Constantinopla se introdujo la costumbre de mojar el pan consagrado en el vino y administrarlo con una cucharilla, que allí sigue. Y a quienes no comulgaban se les daba un pan bendito, la eulogia.

El canto

Desde el siglo IV hay coros especializados, las scholae cantorum, para los salmos y los himnos.

San Ambrosio compuso himnos que marcaron profundamente el canto de Occidente —el cantus ambrosianus—. Y san Gregorio Magno, ya a comienzos del siglo VII, fijó las melodías corales de lo que llamamos canto gregoriano, transmitidas durante siglos mediante unos signos llamados neumas.

A la vez se extendió el rezo de las horas canónicas, empujado sobre todo por los monjes: a tercia, sexta y nona se añadieron maitines, laudes, vísperas y completas.

La predicación también creció. Empezó siendo una homilía sencilla sobre lo leído y fue haciéndose sermón elaborado. Predicaba normalmente el obispo, aunque también presbíteros y diáconos, a veces a diario. El pueblo escuchaba de pie y, cuando algo le gustaba mucho, aplaudía.

Cuándo aparecieron las fiestas

El año litúrgico se organizó desde el siglo IV en torno a dos ciclos, el de Navidad y el de Pascua.

La Navidad el 25 de diciembre aparece documentada en Roma en el año 336, y desde allí se extendió a Constantinopla y al resto. Occidente tomó de Oriente la Epifanía. Desde el siglo VI, en las Galias, se introdujo el Adviento con ayunos de preparación.

En torno a la Pascua se fueron organizando el Domingo de Ramos, el Jueves y el Viernes Santos, la octava pascual y la dominica in albis. Las rogativas antes de la Ascensión, con letanías y procesiones, las inició el obispo Mamerto de Vienne. Y Pentecostés cerraba el ciclo.

Las fiestas de la Virgen se multiplicaron sobre todo después del Concilio de Éfeso del 431, que proclamó su maternidad divina: la Presentación del Señor el 2 de febrero, la Anunciación, la Asunción el 15 de agosto, el Nacimiento de María el 8 de septiembre.

Y las de los santos empezaron, como vimos, por los mártires: su aniversario, junto a sus reliquias. Entre las más antiguas están san Esteban, san Juan Bautista, san Lorenzo y los Santos Inocentes. Cuando el papa Bonifacio IV consagró el Panteón de Roma a la Virgen y a todos los mártires, nació lo que acabaría siendo la fiesta de Todos los Santos.

Muchos ritos, una fe

Conviene decir, para terminar, que nunca hubo una sola forma. En Oriente estaban la liturgia de Santiago en Antioquía y Jerusalén, la de san Marcos en Alejandría, las de san Basilio y san Juan Crisóstomo en Constantinopla. En Occidente dominaba la romana, pero convivían la ambrosiana en Milán, la galicana en las Galias y la mozárabe en toda la península ibérica.

Esa flexibilidad en las formas externas, junto a una firmeza absoluta en la doctrina, es una de las notas más constantes de la Iglesia antigua. La variedad de ritos no rompía la unidad: la adornaba.

 

El culto, los sacramentos y el desarrollo orgánico de la liturgia se estudian en las Clases VI y XVI del Curso de Historia Antigua de la Iglesia Católica, que imparte el P. Gabriel Calvo Zarraute en la Escuela de Pensamiento Católico Melchor Cano. El manual del curso es su libro «Historia de la Iglesia Católica. Edad Antigua».