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San Benito y el nacimiento de los monasterios

Sep 16

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Hacia el año 500, un chico de familia noble llegó a Roma a estudiar. Se llamaba Benito, era de Nursia, en Umbría, y traía por delante la carrera que se le suponía a alguien de su clase.

Duró poco. La Roma que encontró era la de un Imperio deshecho, con las costumbres por los suelos, y aquello le repugnó. Dejó los estudios y se fue a vivir a una cueva cerca de Subiaco.

De esa renuncia salió, cincuenta años después, la institución que mantuvo en pie la cultura europea durante seis siglos.

Lo que había antes

Benito no inventó la vida monástica. Venía de Oriente, del desierto egipcio, donde san Antonio Abad se había retirado a comienzos del siglo IV y había acabado rodeado de discípulos.

A Occidente llegó por un camino curioso: san Atanasio, durante uno de sus destierros en Roma, trajo consigo la Vida de san Antonio que él mismo había escrito. Aquel librito hizo más por difundir el monacato que cualquier predicación.

Después vinieron otros. San Martín de Tours fundó en el siglo IV el monasterio de Ligugé y luego el de Marmoutier. San Ambrosio en Milán y san Agustín en África promovieron formas de vida común entre los clérigos —de ahí saldría la regla agustiniana—. En Hispania, san Leandro y san Isidoro de Sevilla impulsaron el monacato con fuerza.

Pero había un problema: cada monasterio iba por su cuenta. Unos seguían las reglas orientales de san Pacomio o san Basilio, otros las normas del fundador, otros lo que buenamente les parecía deducir de la Escritura. Mucho fervor y ninguna organización.

Montecassino

A Benito, en su cueva, empezaron a llegarle discípulos. Organizó comunidades, y hacia el año 529 fundó el monasterio de Montecassino, en lo alto de un monte entre Roma y Nápoles. Allí escribió la Regla que lleva su nombre.

Son setenta y tres capítulos breves. No es un tratado de mística ni un manual de ascesis heroica. Es, sobre todo, un texto de una sensatez asombrosa.

Los tres votos, y por qué el segundo lo cambió todo

La Regla se sostiene sobre tres compromisos: obediencia al abad, estabilidad y conversión de costumbres.

La obediencia y la conversión estaban ya en la tradición. La novedad es la segunda: la estabilidad. El monje benedictino no promete solo vivir como monje. Promete quedarse en ese monasterio concreto, con esos hermanos, hasta que se muera.

Parece un detalle de reglamento interno. Fue lo que cambió Europa. Porque una comunidad que no se mueve puede plantar un bosque y verlo crecer, puede desecar una marisma, puede empezar a copiar una biblioteca sabiendo que alguien la terminará. Los monjes errantes, que abundaban, no podían hacer nada de eso.

Ora et labora

El día del monje se organiza en torno al Oficio Divino, el rezo cantado de las horas, que marca la jornada de madrugada a noche con salmos y lecturas. Esa es la obra principal: la Regla la llama opus Dei, la obra de Dios.

Junto a la oración, el trabajo, manual e intelectual, como medio de santificación y de sustento de la casa. Y aquí hay una revolución silenciosa que suele pasarse por alto: en el mundo romano el trabajo manual era cosa de esclavos, algo indigno de un hombre libre. La Regla pone a trabajar la tierra a hijos de patricios, y lo hace sin dramatismo, como quien establece un horario.

La Regla entra en un detalle que hoy conmueve: cuánto pan y cuánto vino corresponde a cada uno, cuándo hay que guardar silencio, cómo se recibe a un huésped —«como a Cristo mismo»—, cómo se corrige a un hermano, qué se hace con los enfermos, cómo se admite a un candidato y cómo se le pone a prueba antes de aceptarlo.

Y no pide heroicidades. Benito escribe expresamente que quiere establecer «una escuela del servicio del Señor» en la que no haya «nada áspero ni pesado». Esa moderación es la razón de que la Regla siga viva mil quinientos años después, cuando reglas mucho más severas se han quedado por el camino.

Lo que pasó después

Benito murió hacia el 547. Y entonces el mundo, que ya estaba mal, se hundió del todo: guerras, hambres, peste, las invasiones bárbaras, el vacío total de autoridad en Occidente.

Los monasterios se convirtieron en lo único que funcionaba. Eran los únicos sitios donde había orden, comida, hospitalidad para el viajero, atención al enfermo, y donde alguien sabía leer.

Los monjes copiaron los manuscritos antiguos. Prácticamente todo lo que conservamos de la literatura latina clásica —Virgilio, Cicerón, Horacio— ha llegado hasta nosotros porque un monje lo copió a mano en un scriptorium, muchas veces sin entender del todo lo que copiaba, simplemente porque estaba escrito y había que salvarlo.

Mantuvieron la agricultura, enseñaron oficios, educaron a clérigos y laicos, practicaron la medicina, protegieron el arte.

La expansión fue rápida. San Gregorio Magno, papa entre el 590 y el 604, había sido monje antes, y promovió el monacato benedictino con todo su peso. Bajo su impulso, los benedictinos salieron como misioneros: a Britania, a Germania, al norte de Europa. Evangelizaron el continente monasterio a monasterio.

Una frase para entenderlo

Benito no se propuso salvar la civilización. Se propuso buscar a Dios, y escribió unas normas prácticas para que unos cuantos hombres pudieran hacerlo juntos sin matarse entre ellos.

Lo otro vino de propina. Es lo que suele pasar.

 

El origen del monacato en Oriente y su desarrollo en Occidente con san Benito se estudian en la Clase XII del Curso de Historia Antigua de la Iglesia Católica, que imparte el P. Gabriel Calvo Zarraute en la Escuela de Pensamiento Católico Melchor Cano. El manual del curso es su libro «Historia de la Iglesia Católica. Edad Antigua».