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Roma era, en materia religiosa, sorprendentemente tolerante. Los galos conservaron a sus dioses, los egipcios a los suyos, los sirios igual, y los judíos obtuvieron incluso una dispensa formal para no participar en el culto imperial. El Imperio absorbía divinidades con la misma naturalidad con que absorbía provincias.
Con los cristianos hizo una excepción, y durante casi tres siglos.
La pregunta no es retórica: ¿por qué?
Porque el cristianismo no aceptaba el trato
La tolerancia romana tenía una letra pequeña. Se podía adorar a quien uno quisiera siempre que se reconociera también a los dioses del Estado y, sobre todo, al emperador. Era un gesto administrativo: un poco de incienso ante la estatua, un certificado, y a seguir con lo tuyo. Nadie te preguntaba qué creías por dentro.
Los cristianos se negaron. No por rebeldía política —pagaban impuestos, rezaban por el emperador, no conspiraban— sino porque para ellos aquello no era un trámite sino una apostasía. Sostenían que su fe era la única verdadera y que los dioses del Imperio no existían.
Esa pretensión de exclusividad es la clave de todo. Un culto más entre muchos no molestaba a nadie. Un culto que declaraba falsos a todos los demás rompía el sistema entero.
Porque se contaban cosas atroces sobre ellos
A la sospecha se sumó la calumnia, y aquí Roma fue de una credulidad notable.
Se acusaba a los cristianos de ateísmo, que en el vocabulario de la época significaba no rendir culto a los dioses del Estado. Y se les acusaba de dos crímenes concretos: incesto y canibalismo.
El origen de la segunda acusación es casi cómico si no fuera trágico. Los cristianos se reunían de noche, en privado, y hablaban de comer el cuerpo y beber la sangre de alguien. Se llamaban entre ellos hermano y hermana, y se daban un beso de paz. A un vecino pagano que solo oía rumores, aquello sonaba exactamente a lo que se decía.
Las calumnias prendieron. Tácito llegó a describir a los cristianos como enemigos del género humano. Los apologistas —Tertuliano el primero— tuvieron que dedicar tratados enteros a explicar que no comían niños.
A eso se añadió, en los primeros tiempos, la hostilidad de algunos círculos judíos, muy interesados en que la autoridad romana no los confundiera con aquella secta nueva. Ese factor pesó especialmente en la primera persecución, la de Nerón.
Porque el Imperio se estaba cayendo
Hay una tercera causa, y es la que explica que las persecuciones del siglo III fueran mucho peores que las del siglo I.
A partir de Decio, hacia el año 250, el Imperio está en crisis: presión bárbara en las fronteras, inflación, guerras civiles, emperadores que duran meses. En esa situación, la unidad religiosa se convierte en cuestión de supervivencia política. Y un grupo cada vez más numeroso que se niega a rendir culto al emperador deja de ser una rareza para convertirse en un elemento disolvente.
Por eso las persecuciones de Decio, Valeriano y Diocleciano son distintas: ya no son estallidos locales provocados por un motín o un incendio. Son campañas sistemáticas, con edictos imperiales, censos de sospechosos y certificados de sacrificio. Administración pura.
El problema jurídico que nadie resolvió
Aquí está la parte más curiosa del asunto, y la que suele pasarse por alto.
Roma era un Estado profundamente jurídico. No perseguía por capricho: necesitaba una norma. ¿Cuál era, exactamente, el delito de ser cristiano? Los historiadores llevan siglo y medio discutiéndolo, y se han propuesto tres explicaciones.
La primera dice que se aplicaron leyes penales ya existentes: las que castigaban la magia, el sacrilegio y la traición. Encaja con el ambiente social, pero choca con los documentos: las actas judiciales de los siglos I y II no invocan esas acusaciones.
La segunda, propuesta por el gran romanista Theodor Mommsen, apela al ius coercitionis, el poder extraordinario que tenía cualquier magistrado para mantener el orden público. Podría condenar sin ley específica. Pero entonces, ¿por qué Plinio el Joven escribe a Trajano preguntándole qué debe hacer? Y sobre todo: ¿por qué al cristiano que abjuraba se le soltaba? Si el delito fuera objetivo, retractarse no borraría nada.
La tercera es la más sólida. Sostiene que Nerón creó un precedente legal propio —el llamado Institutum Neronianum— que prohibía el cristianismo como tal. No conservamos el texto, pero todo lo posterior encaja con él. Lo confirma el rescripto de Trajano a Plinio, hacia el año 112, que es un documento extraordinario: el emperador ordena que no se busque activamente a los cristianos, que no se admitan denuncias anónimas, pero que al denunciado que no abjure se le ejecute.
Tertuliano se dio cuenta enseguida de lo absurdo de aquello y lo denunció con una lógica implacable: si ser cristiano es un crimen, buscadlos; si no lo es, soltadlos. Lo que no se sostiene es no buscarlos y matarlos cuando aparecen.
La conclusión es que en Roma, a diferencia de cualquier otro proceso, la mera confesión equivalía al delito. No hacía falta probar nada. Bastaba con responder que sí a la pregunta del magistrado.
Lo que eso significa
Las actas de los mártires son, en su mayoría, interrogatorios muy breves. El magistrado pregunta si el acusado es cristiano. Le ofrece una salida honorable: un puñado de incienso, unas palabras. Muchos jueces insisten, alargan el proceso, dan plazos. No tenían especial interés en matar a nadie.
Y una y otra vez, durante casi trescientos años, gente de todas las clases sociales contestó que sí.
Ese es el dato que Constantino supo leer cuando llegó al poder. Tres emperadores de primer orden habían intentado acabar con ellos y ninguno lo había conseguido.
Las causas de las persecuciones, su base jurídica y cada uno de sus períodos se estudian en las Clases III, IV y VII del Curso de Historia Antigua de la Iglesia Católica, que imparte el P. Gabriel Calvo Zarraute en la Escuela de Pensamiento Católico Melchor Cano. El manual del curso es su libro «Historia de la Iglesia Católica. Edad Antigua».
