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Es una de esas ideas que circulan con la seguridad de lo evidente: Constantino, el emperador romano, se inventó el cristianismo. Reunió a unos obispos en Nicea, les hizo votar que Jesús era Dios, eligió qué libros entraban en la Biblia y fundó una religión a su medida para gobernar mejor el Imperio. La novela de Dan Brown la popularizó, pero la idea es mucho más antigua y se repite hoy en foros, vídeos y conversaciones de sobremesa.
Conviene mirar las fechas. Casi todo se cae solo.
Antes de Constantino hubo tres siglos de cristianismo
Constantino venció en el Puente Milvio en el año 312. Para entonces la Iglesia llevaba casi trescientos años existiendo, predicando y, sobre todo, muriendo.
Nerón ya había perseguido a los cristianos de Roma en el año 64. Tenemos las cartas que Plinio el Joven escribió al emperador Trajano hacia el 112 preguntándole qué hacer con unos hombres que se reunían «antes del amanecer» para cantar himnos «a Cristo como a un dios». Ahí está ya, un siglo antes de Nicea y por escrito de un funcionario pagano que no tenía ningún interés en favorecerlos, lo esencial: los cristianos adoraban a Cristo como Dios.
Después vinieron Decio, Valeriano y, entre los años 303 y 311, la persecución más dura de todas, la de Diocleciano, que se propuso erradicar el cristianismo del Imperio con una eficacia administrativa que las anteriores no habían tenido. Fracasó. Y ese fracaso es, precisamente, lo que explica a Constantino.
Lo que Constantino hizo de verdad
Constantino no era un hombre religiosamente neutro que decidiera fabricar una fe. Se había educado en el paganismo, veneraba al Sol invicto —un culto de tinte vagamente monoteísta— y había visto de cerca, en Oriente, con qué firmeza morían los cristianos. Su padre, Constancio Cloro, nunca había sido duro con ellos.
A eso se sumó un cálculo político perfectamente lúcido: tres emperadores de primer orden habían intentado destruir a la Iglesia y ninguno lo había conseguido. La Iglesia era demasiado fuerte para ser aniquilada. Si no se la podía destruir, quizá el Imperio podía apoyarse en ella.
Lo que hizo en 313, junto con Licinio, fue el Edicto de Milán. Y el Edicto de Milán no proclama el cristianismo religión oficial: proclama libertad religiosa para todos, con la fórmula liberam potestatem sequendi religionem quam quisque voluisset —libre potestad de seguir la religión que cada cual quisiera— y ordena devolver a la Iglesia los bienes que se le habían confiscado. Es un decreto de tolerancia, no de fundación.
De hecho, Constantino conservó el título pagano de Pontifex Maximus. En sus monedas siguieron apareciendo las divinidades antiguas durante años, aunque poco a poco empezara a figurar también el monograma de Cristo.
El cristianismo no fue religión oficial del Imperio hasta el año 380, con el edicto de Tesalónica de Teodosio. Sesenta y siete años después del Edicto de Milán, y cuarenta y tres después de la muerte de Constantino.
Nicea: quién convocó y quién decidió
En el 325 la Iglesia estaba partida por el arrianismo, la doctrina del presbítero alejandrino Arrio, que sostenía que el Verbo no era eterno ni de la misma naturaleza que el Padre, sino una criatura excelsa, la primera y más perfecta, pero criatura al fin.
Constantino intentó primero mediar por carta. Luego envió a su consejero religioso, el obispo Osio de Córdoba, a resolverlo sobre el terreno. Fue Osio, al ver la gravedad del asunto, quien propuso convocar un concilio general, y el emperador puso a disposición de los obispos el transporte, el alojamiento y los gastos del viaje.
Aquí conviene separar dos cosas que suelen mezclarse. Constantino convocó el concilio y lo inauguró —vestido con el manto imperial y los zapatos de púrpura, pronunció un discurso pidiendo la unidad—, pero no lo presidió ni votó en él. Presidió Osio de Córdoba. Asistieron los legados del papa Silvestre, los sacerdotes Vito y Vicente. Y el propio emperador se definió entonces como «obispo externo»: los asuntos de fe eran de los obispos.
Acudieron unos trescientos obispos, la mayoría orientales. Muchos llegaron con cicatrices y mutilaciones de las persecuciones recientes: no era una asamblea de cortesanos, era una generación que había estado a punto de morir por lo que iba a definir.
¿Se «votó» allí que Jesús era Dios?
Esta es la parte donde la leyenda se sostiene peor.
Primero, porque no se discutía si Cristo era divino —eso estaba en Plinio el Joven dos siglos antes—, sino cómo decirlo con precisión, de modo que los arrianos no pudieran seguir firmando las fórmulas bíblicas dándoles su propio sentido. La palabra que resolvió el atasco, homoousios —consustancial—, la propuso Osio de Córdoba. De ahí el «engendrado, no creado, consustancial al Padre» que los católicos siguen diciendo todos los domingos.
Y segundo, porque de trescientos obispos, solo dos se negaron a firmar. No hubo una votación reñida ni un empate resuelto por el emperador. Hubo una minoría de veintidós obispos inicialmente próximos a Arrio que acabó cediendo, y dos irreductibles que fueron desterrados junto con él.
Nicea no decidió qué libros entran en la Biblia
Ni uno solo de los veinte cánones disciplinarios de Nicea trata del canon bíblico. El concilio se ocupó de la fórmula de fe, del cisma meleciano, de unificar la fecha de la Pascua con la práctica occidental y de asuntos de gobierno de la Iglesia. Nada más.
La lista de los libros del Nuevo Testamento se había ido fijando por el uso de las iglesias a lo largo de los siglos II y III —el fragmento de Muratori, de hacia el año 180, ya recoge prácticamente la lista actual— y se confirmaría después en concilios africanos de finales del siglo IV. Constantino no tuvo arte ni parte en ello.
El argumento que suele zanjar la discusión
Si Constantino hubiera fabricado la doctrina cristiana a su conveniencia, lo lógico sería que la Iglesia hubiese hecho lo que él quisiera a partir de entonces. Ocurrió exactamente lo contrario.
Tres años después de Nicea, presionado por cortesanos favorables a Arrio, el emperador permitió el regreso de Eusebio de Nicomedia y rehabilitó al propio Arrio. En el 335 desterró a Tréveris a san Atanasio, el gran defensor del credo niceno, tras una campaña de acusaciones falsas —llegaron a acusarlo de haber asesinado a un obispo al que Atanasio presentó vivo ante el tribunal—. Y el propio Constantino murió recibiendo el bautismo de manos de Eusebio de Nicomedia, un obispo arriano.
Es decir: el emperador que supuestamente impuso la divinidad de Cristo acabó protegiendo a quienes la negaban, y la Iglesia le resistió. Los cincuenta años siguientes fueron un pulso entre unos obispos que se negaban a ceder y una corte imperial que empujaba hacia el arrianismo. San Atanasio fue desterrado cinco veces. Esa resistencia no se entiende si la fe nicena era un invento del poder.
Entonces, ¿qué fue Constantino?
Ni el fundador del cristianismo ni el villano de una conspiración. Fue un gobernante de enorme talento político que dio la paz a la Iglesia después de tres siglos de persecución, financió las primeras basílicas —San Pedro, San Pablo Extramuros, San Lorenzo—, cedió el palacio de Letrán a los papas, estableció el descanso dominical y, con su madre santa Elena, impulsó las excavaciones de Tierra Santa que dieron con el Santo Sepulcro.
Y fue también un emperador que se metió donde no le llamaban. Su costumbre de intervenir en cuestiones dogmáticas para mantener la unidad del Imperio —lo que después se llamaría cesaropapismo— causó daños graves y duraderos. Su bautismo in articulo mortis, de manos de un arriano, dice bastante de su tibieza personal.
La posteridad lo llamó Constantino el Grande. Con razón, y con matices. Lo que no fue, en ningún sentido, es el inventor de una religión que llevaba trescientos años dando mártires antes de que él naciera.
Este asunto se estudia con detenimiento en la Clase VIII del Curso de Historia Antigua de la Iglesia Católica, que imparte el P. Gabriel Calvo Zarraute en la Escuela de Pensamiento Católico Melchor Cano. El manual del curso es su libro «Historia de la Iglesia Católica. Edad Antigua».
