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Las catacumbas: qué se hacía realmente allí abajo

Sep 16

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La imagen la conocemos todos, porque la han repetido el cine y los libros de texto: los primeros cristianos viviendo escondidos bajo tierra, celebrando la Misa a la luz de una antorcha mientras arriba los soldados los buscaban.

Es falsa. Y lo que ocurría de verdad en las catacumbas resulta bastante más interesante.

Eran cementerios, y eran legales

Empecemos por el dato que lo cambia todo: las catacumbas no eran secretas. Estaban a las afueras de Roma, junto a las grandes vías —la Apia, la Salaria, la Ardeatina—, señalizadas y perfectamente conocidas por la autoridad.

La razón es el derecho romano. Para un romano, el sepulcro era res religiosa: un lugar sagrado y jurídicamente intocable, aunque el difunto hubiera sido un criminal. Además, la ley reconocía a las asociaciones funerarias, los collegia funeraticia, que podían poseer terrenos para enterrar a sus miembros. Los cristianos se ampararon en esa figura.

La ley romana perseguía al cristiano vivo y protegía al cristiano muerto. Suena contradictorio, pero era así.

Y hay una segunda razón, más práctica. Roma prohibía enterrar dentro de la ciudad, y los romanos incineraban a sus muertos. Los cristianos, que creían en la resurrección de la carne, querían enterrarlos enteros. Enterrar cuerpos ocupa mucho sitio, y el terreno a las afueras era caro. La solución fue excavar hacia abajo en la toba volcánica, blanda para cavar y lo bastante firme para no derrumbarse.

De ahí salieron kilómetros de galerías en varios pisos, con nichos excavados en las paredes —los loculi— cerrados con una losa. Solo en Roma hay más de sesenta catacumbas conocidas.

Por qué nadie vivía allí

Basta bajar a una para entenderlo. Los pasillos tienen menos de un metro de ancho. No hay ventilación, no entra la luz, no hay agua corriente ni desagües, y en pocos minutos el aire se enrarece. Con las lámparas de aceite de la época, un grupo numeroso agotaría el oxígeno en poco tiempo.

Nadie podía esconderse ahí semanas ni meses. Y tampoco hacía falta: entre persecución y persecución pasaban décadas de tranquilidad, y las persecuciones sistemáticas —Decio, Valeriano, Diocleciano— fueron campañas administrativas, con listas y certificados, no redadas casa por casa.

De hecho, cuando la autoridad quiso perjudicar a la Iglesia, hizo justamente lo contrario de buscar allí a nadie: confiscó las catacumbas. Valeriano las requisó en el 257, y prohibió a los cristianos reunirse en ellas. Difícil requisar un escondite secreto.

Dónde se celebraba la Misa entonces

En casas particulares. Al principio, en habitaciones preparadas para reunir a la comunidad, siguiendo el modelo del cenáculo de la Última Cena. Cuando las comunidades crecieron, se buscaron locales mayores, decorados con algunas imágenes: son los primeros oratorios cristianos.

Desde finales del siglo II, cuando la Iglesia ya era fuerte y hasta respetada en muchos sitios, empezaron a construirse pequeñas iglesias, normalmente junto a la tumba de un mártir. La primera de la que tenemos noticia es la de Edesa, en el año 201. Durante la paz que hubo bajo Decio surgieron otras.

Entonces, ¿qué se hacía en las catacumbas?

Dos cosas, y las dos importantes.

La primera, enterrar. Y enterrar a todos igual. En los loculi aparecen juntos senadores y esclavos, algo impensable en un cementerio pagano. Las inscripciones son de una brevedad conmovedora: un nombre, a veces la edad, y palabras como in pace, «en paz», o dormit, «duerme». No dice «murió». Dice que duerme.

La segunda, celebrar el aniversario de los mártires. El culto a los santos nació exactamente así: el día del aniversario de su muerte —el dies natalis, el día de su nacimiento al cielo— la comunidad se reunía junto a su tumba, leía las actas del martirio y celebraba allí la Misa. De ahí vienen las pequeñas capillas excavadas que se conservan, los cubicula.

Esa costumbre explica algo que sigue en pie: que todo altar católico tenga reliquias de un mártir. Es el recuerdo de cuando el altar era, literalmente, la losa de su sepulcro.

Lo que pintaron en las paredes

Las catacumbas conservan la pintura cristiana más antigua que existe, y lo que se ve en ella dice mucho.

No hay crucifijos. La cruz, en el siglo III, seguía siendo el instrumento infamante con el que se ejecutaba a los esclavos, y tardaría en representarse. Lo que hay es el Buen Pastor, un muchacho con un cordero sobre los hombros, repetido hasta la saciedad. Hay orantes, figuras de pie con los brazos abiertos. Hay peces —porque las iniciales de «Jesucristo, Hijo de Dios, Salvador» en griego forman la palabra ichthys, pez—, anclas, panes, racimos de uvas.

Y hay escenas bíblicas que se repiten siempre las mismas, y que tienen todas el mismo tema: Noé saliendo del arca, Jonás devuelto por el pez, Daniel entre los leones, los tres jóvenes en el horno, Lázaro saliendo del sepulcro. Todas hablan de gente que sale viva de donde no se sale.

Era el arte de una comunidad perseguida, pintado para sus muertos. Y no pintaron el miedo, ni la venganza, ni el martirio. Pintaron pastores, comida y gente que vuelve a la vida.

Después

Con la paz de Constantino se dejó de enterrar bajo tierra y se construyeron basílicas sobre las tumbas de los mártires. Las catacumbas pasaron a ser lugar de peregrinación durante siglos, hasta que las invasiones obligaron a trasladar las reliquias dentro de la ciudad y se fueron olvidando.

Se redescubrieron en 1578, por casualidad, cavando en una viña. Y desde entonces no han dejado de estudiarse.

 

La vida interna de la Iglesia en los primeros siglos, el culto, los sacramentos y el arte cristiano primitivo se estudian en las Clases VI y XVI del Curso de Historia Antigua de la Iglesia Católica, que imparte el P. Gabriel Calvo Zarraute en la Escuela de Pensamiento Católico Melchor Cano. El manual del curso es su libro «Historia de la Iglesia Católica. Edad Antigua».