Nuevo curso: Introducción a la Sagrada Escritura. Primera clase el 15 de octubre.

Cómo empezar a estudiar la Biblia siendo católico

Oct 5 / Marcos Vera

Casi todo el que decide estudiar la Biblia empieza por el Génesis, llega al Levítico y lo deja. No es falta de voluntad: es que nadie le dijo que ese no era el orden.

La Sagrada Escritura no es un libro, sino una biblioteca de setenta y tres. Tiene historia, poesía, profecía, cartas y leyes, escritos a lo largo de más de mil años y en tres lenguas. Abrirla por la primera página y avanzar es tan razonable como leerse una enciclopedia por orden alfabético.

Esto es lo que conviene hacer en su lugar.

 

«Desconocer las Escrituras es desconocer a Cristo.»

San Jerónimo, citado por el concilio Vaticano II · Dei Verbum 25

Primero, la edición

Lo primero que hace falta es una Biblia católica con notas. Dos cosas, no una.

Católica significa con los setenta y tres libros. Las ediciones protestantes traen sesenta y seis: les faltan siete del Antiguo Testamento, los llamados deuterocanónicos, que la Iglesia recibió desde el principio. Si tu Biblia no tiene Tobías, Judit, Sabiduría, Eclesiástico, Baruc y los dos libros de los Macabeos, no es la tuya.

Con notas significa con introducciones a cada libro y pie de página que explique el contexto. Una Biblia sin notas es un texto antiguo arrojado a un lector del siglo XXI sin intérprete.

Conviene saber también qué se tiene entre manos. La palabra «Biblia» viene del griego y es un plural: significa «los libros». Al pasar al latín se convirtió en un femenino singular, y el cambio no es casual, porque con él se quiso expresar la unidad de esos libros, que forman el Libro por excelencia. Setenta y tres escritos distintos, un solo autor principal y un solo designio de salvación.

Otro detalle práctico ahorra muchas confusiones. Los capítulos y los versículos no son del texto original. La división en capítulos se debe a Esteban Langton, canciller de la universidad de París y arzobispo de Canterbury, muerto en 1228; la de versículos, a Roberto Estienne, que la introdujo en la Biblia que publicó en 1555. Son una herramienta para citar y encontrar, no fronteras del sentido: muchas veces la idea sigue más allá del punto y aparte.

Segundo, el orden

Este es el punto donde casi todos se pierden. El orden que funciona no es el de encuadernación.

I Un Evangelio entero. San Marcos, que es el más corto y el más directo. Todo lo demás se entiende desde Cristo, así que se empieza por Él.
II Los Hechos de los Apóstoles. La continuación natural: qué pasó después y cómo nació la Iglesia.
III Génesis y Éxodo. Ahora sí el principio, pero leído ya con ojos cristianos. Se detiene en el Éxodo: el Levítico y los Números se dejan para más adelante.
IV Los Salmos, poco a poco. No de un tirón: unos pocos al día, que es como la Iglesia los ha rezado siempre.
V Los otros tres Evangelios y las cartas de san Pablo. Y desde ahí, a donde lleve el interés.

Tercero, no leerla solo

Aquí está la diferencia entre el modo católico y el que no lo es. La Escritura nació dentro de la Iglesia, fue la Iglesia quien discernió qué libros la componían, y es en la Iglesia donde se interpreta.

Eso no significa que no puedas abrirla por tu cuenta: puedes y debes. Significa que tu lectura necesita compañía —las notas, los Padres, el Catecismo, la liturgia— porque el texto no se explica solo. Las grandes rupturas de la historia cristiana empezaron casi todas con alguien convencido de que un versículo significaba lo que a él le parecía.

La Iglesia no se limita a recomendar compañía: dice quién tiene la última palabra. «El oficio de interpretar auténticamente la palabra de Dios escrita o transmitida ha sido confiado únicamente al Magisterio vivo de la Iglesia, cuya autoridad se ejerce en el nombre de Jesucristo» (Dei Verbum 10). Esto no quita libertad al lector: le da un suelo firme sobre el que leer sin miedo a perderse.

En la práctica, el Concilio resume la lectura católica en tres criterios: atender «al contenido y a la unidad de toda la Sagrada Escritura, teniendo en cuenta debidamente la Tradición viva de toda la Iglesia y la analogía de la fe» (Dei Verbum 12). Dicho con sencillez: un pasaje se entiende a la luz de toda la Biblia, de cómo lo ha leído la Iglesia y del conjunto de las verdades de fe, que no pueden contradecirse entre sí.

Cuarto, entender qué es un sentido

La tradición distingue varios niveles de lectura en un mismo pasaje. El literal, que es lo que el autor quiso decir, y los espirituales, que es lo que ese hecho anuncia o enseña. El paso del mar Rojo ocurrió de verdad, y además prefigura el bautismo. Las dos cosas a la vez, sin que una anule a la otra.

Saber esto cambia la lectura entera, y es justo lo que no se aprende leyendo por libre.

Los sentidos espirituales son tres. El alegórico o típico refiere los hechos del Antiguo Testamento a Cristo y a la Iglesia: el maná del desierto anuncia la Eucaristía. El moral o tropológico enseña cómo debe vivir el cristiano. El anagógico mira a las realidades últimas y edifica la esperanza. Un mismo pasaje puede tener los tres, sin que ninguno borre el sentido histórico del relato.

La regla que lo sostiene todo la dejó escrita santo Tomás de Aquino: «Todos los sentidos se fundan sobre el sentido literal, que es el único del que se pueden sacar argumentos» (Suma Teológica, I, q. 1, a. 10, ad 1). Por eso el principiante debe empezar por entender bien qué dice el texto. El sentido espiritual viene después, y siempre apoyado en el literal, nunca contra él.

¿Qué hacer con los pasajes que escandalizan?

Casi todo el que lee el Antiguo Testamento por primera vez tropieza con episodios que desconciertan: guerras de exterminio, salmos que piden castigo para los enemigos, la ley del talión, reyes santos que cometen pecados graves. La pregunta es inevitable: si el libro está inspirado por Dios, ¿cómo puede contar estas cosas? La respuesta de la Iglesia es más sencilla de lo que parece, y conviene tenerla clara desde el principio.

Lo inspirado no son las acciones de los personajes, sino el juicio que sobre ellas da el escritor sagrado. Que un episodio aparezca en la Biblia no significa que se apruebe. El pecado de David con Betsabé (2 S 11-12) se cuenta entero, y precisamente por eso es una lección: la Escritura muestra hasta dónde puede caer el hombre sin la ayuda de Dios y cómo vuelve cuando se arrepiente.

Hay además una pedagogía divina. Dios fue educando a su pueblo paso a paso, y la ley moral del Antiguo Testamento, siempre honesta, no alcanza todavía la perfección del Nuevo. La ley del talión (Ex 21,24-25) limitaba la venganza que se practicaba antes de ella, a la espera de la ley de la caridad que enseña Cristo (Mt 5,38-42). Leer así no rebaja la Biblia: permite entenderla como una historia que avanza hacia su plenitud.

¿Qué aconsejaba san Agustín a quien empieza?

Hace dieciséis siglos, san Agustín escribió para los principiantes un método en tres pasos que sigue siendo el mejor. El primero es familiarizarse con los libros sagrados: «Lo primero en este empeño y trabajo ha de ser conocer estos libros, leyéndolos, aunque no todavía para entenderlos; más bien, o para aprenderlos de memoria o, por lo menos, para que no le sean enteramente desconocidos» (Sobre la doctrina cristiana, II, 9).

El segundo paso es fijarse en lo que la Escritura dice con claridad, que es mucho: según el mismo santo, ahí «…está cuanto pertenece a la fe y a las costumbres de vida; es decir, a la esperanza y a la caridad». Solo en tercer lugar, cuando ya se ha adquirido cierta familiaridad con su lenguaje, propone abordar los pasajes oscuros, explicándolos por medio de los claros. Es exactamente el orden contrario al de quien empieza por el Apocalipsis.

Qué pedirle a un curso de Biblia

Si vas a buscar un curso, mira que tenga estas cuatro cosas:

Que explique el canon. De dónde salen los setenta y tres libros y por qué. Un curso de Biblia que no empieza por ahí deja al alumno sin saber qué tiene entre manos.

Que sea católico de verdad. Mucho material bíblico en español procede de medios protestantes. Está hecho con cuidado, pero parte de supuestos distintos sobre la autoridad y la interpretación.

Que trate los sentidos de la Escritura. Si solo se queda en el literal, falta la mitad.

Que lo firme alguien. Nombre, apellidos y formación comprobable.

Lo que se consigue en un año

Más de lo que parece. Veinte minutos diarios bastan para recorrer el orden de arriba entero, y al cabo de un año la misa del domingo se oye distinta: las lecturas dejan de ser frases sueltas y se reconocen el pasaje, el contexto y por qué está ahí.

Ese es el momento en que la Escritura deja de ser un deber y se vuelve una conversación.

La Iglesia lleva más de un siglo insistiendo en esto. El Concilio pidió que los fieles tengan «amplio acceso a la Sagrada Escritura» (Dei Verbum 22), y explicó por qué: la palabra de Dios es «alimento del alma, fuente pura y perenne de la vida espiritual» (Dei Verbum 21). No es un estudio reservado a especialistas, sino una parte normal de la vida cristiana.

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