Nuevo curso: Introducción a la Sagrada Escritura. Primera clase el 15 de octubre.

¿En qué idioma se escribió la Biblia?

Oct 2 / Marcos Vera

¿En qué idioma se escribió la Biblia? En tres: el Antiguo Testamento, casi entero en hebreo, con algunos pasajes en arameo y unos pocos libros en griego; el Nuevo Testamento, entero en griego, el griego común que se hablaba en todo el Mediterráneo en tiempos de los apóstoles.

Los originales escritos de puño y letra de los autores inspirados no se conservan. Lo que tenemos son copias, muchísimas, y traducciones antiquísimas. Este artículo cuenta cómo ha llegado el texto hasta nosotros y por qué podemos fiarnos de él.

Las lenguas de la Biblia

HebreoCasi todo el Antiguo Testamento y varios deuterocanónicos: Sirácide, 1 Macabeos y Baruc
ArameoAlgunos pasajes de Daniel y Esdras, un versículo de Jeremías (10,11) y dos palabras del Génesis (31,47)
GriegoSabiduría, 2 Macabeos y todo el Nuevo Testamento
Solo en griegoTobías, Judit y partes de Daniel se escribieron en hebreo o arameo, pero los conocemos por su versión griega

El Antiguo Testamento: hebreo, con algo de arameo

La lengua del Antiguo Testamento es el hebreo. En hebreo se escribieron todos los libros que nunca se discutieron, salvo unos fragmentos en arameo, la lengua que fue sustituyendo al hebreo como lengua del pueblo después del destierro de Babilonia: Daniel 2,4-7,28, partes de Esdras, un versículo de Jeremías y dos palabras del Génesis.

Entre los libros deuterocanónicos, el Sirácide, el primero de los Macabeos y Baruc tenían también un original hebreo. La Sabiduría y el segundo de los Macabeos se escribieron directamente en griego. Y Tobías, Judit y algunas partes de Daniel, aunque se escribieron en hebreo o arameo, nos han llegado sobre todo a través de su traducción griega.

El Nuevo Testamento: el griego de la calle

Todos los libros del Nuevo Testamento, en su forma canónica, se escribieron en griego. No en el griego de Platón, sino en la koiné, que significa «común»: la lengua que se había extendido por todo Oriente desde Alejandro Magno y con la que se entendían comerciantes, soldados y viajeros de un extremo a otro del Imperio. Era también la lengua de la traducción griega del Antiguo Testamento que usaban los judíos de fuera de Palestina.

Por eso los apóstoles escribieron en griego aunque la lengua materna de Jesús fuera el arameo: era la manera de llegar a todo el mundo conocido.

Al principio se escribió casi solo en papiro. San Pablo, en la segunda carta a Timoteo, pide que le lleven también los pergaminos, las «membranas» (2 Tm 4,13). Desde el siglo IV el pergamino se hizo más común, y casi todos los códices antiguos que conservamos son de ese material. Algunos son palimpsestos: pergaminos raspados o lavados para escribir encima otro texto cuando escaseaba el material. Hoy, con diversos procedimientos, es posible leer el texto primitivo que quedó debajo.

La forma de escribir tampoco ayudaba. Los códices más antiguos usan letra uncial, toda en mayúsculas, y practican la scriptio continua: sin espacio entre una palabra y otra, sin acentos, sin signos de puntuación y con abundantes abreviaturas. Por eso algunas letras se confundían con facilidad. En Romanos 6,5, por ejemplo, el griego ALLA («pero») se confunde con AMA («también») en los papiros escritos con letras unciales.

Sobre qué se escribía: del rollo al libro

La Biblia misma habla de los materiales de escritura: tablas de piedra (Ex 24,12), tablillas de barro (Ez 4,1) o de madera encerada (Is 30,8; Lc 1,63). Pero los libros sagrados se copiaron sobre todo en papiro y, desde los siglos III-II a.C., en pergamino, que era mucho más resistente. El libro de Jeremías cuenta cómo el rey Joaquín quemó en un brasero, columna a columna, el rollo con las profecías del profeta (Jr 36,21-25).

El formato antiguo era el rollo: una tira larga enrollada entre dos bastones. Hacia el siglo II d.C. se impuso el códice, cuadernillos cosidos en forma de libro, que es el antepasado directo del libro que hoy tenemos en las manos. Los cristianos lo adoptaron muy pronto.

Tampoco los capítulos y los versículos son originales. La división que hoy usamos se fijó entre los siglos XIII y XVI en las Biblias cristianas, y de ahí pasó a la Biblia hebrea. Los capítulos se deben a Esteban Langton, canciller de la universidad de París y arzobispo de Canterbury, muerto en 1228. Los versículos, a Roberto Estienne, más conocido como Stephanus, que los introdujo en la Biblia que publicó en 1555.

¿Se conservan los originales de la Biblia?

No. Los textos escritos por los propios autores inspirados, lo que se llama autógrafos, desaparecieron poco después de escribirse: el papiro se deteriora con facilidad. Lo que conservamos son copias, y cuanto más antiguas, más valiosas.

Del Antiguo Testamento, las más antiguas son de los siglos II-I a.C.: el pequeño papiro de Nash, con el Decálogo y la oración del Shemá, y sobre todo los manuscritos de Qumrán, encontrados en 1947 en unas cuevas junto al mar Muerto, que se salvaron gracias al clima seco del desierto.

 

«La historia del texto y de las versiones antiguas muestra que el texto bíblico llegado hasta nosotros corresponde sustancialmente a los textos originales»

P. Gabriel Calvo Zarraute · Introducción a la Sagrada Escritura

Los masoretas: los guardianes del texto hebreo

Después de la destrucción de Jerusalén en el año 70, el judaísmo necesitaba un texto único y fijo. Hacia finales del siglo I quedó establecido el texto consonántico, porque el hebreo se escribía sin vocales. Entre los siglos VI y X, unos escribas llamados masoretas le añadieron las vocales, los acentos y los signos de lectura.

Su escrúpulo era extraordinario: contaban los versículos, las palabras y hasta las letras de cada libro, y anotaban cuál era la letra que caía exactamente en la mitad. Gracias a ese trabajo se conservan unos tres mil manuscritos hebreos casi idénticos. El más antiguo con fecha es el Códice Petropolitano, del año 916.

Las grandes traducciones antiguas: la Setenta y la Vulgata

La primera traducción de la Biblia fue la de los Setenta, hecha en Alejandría entre los siglos III y II a.C. para los judíos que ya solo hablaban griego. Fue la Biblia que usaron los apóstoles y los primeros cristianos, y por eso el Nuevo Testamento la cita tanto.

En Occidente, el papa san Dámaso encargó a san Jerónimo que pusiera orden en las traducciones latinas que circulaban. Jerónimo empezó en Roma el año 383 y terminó en Belén hacia el 404-406, traduciendo el Antiguo Testamento directamente del hebreo. Así nació la Vulgata, la Biblia de la Iglesia latina durante más de mil años, fiel al sentido y de una notable elegancia. En 1979 san Juan Pablo II promulgó la Neovulgata, que la revisa a la luz de los textos originales.

En Oriente, la gran traducción fue la siríaca, la Peshitta, y hubo además versiones coptas, armenias, etíopes, georgianas y árabes. Todas son antiquísimas y sirven para comprobar el texto.

El nombre de los Setenta procede del número de traductores que, según un relato de la Carta de Aristeas, tomaron parte en el trabajo. Cuando los cristianos la hicieron suya y la usaron en la polémica con los judíos, estos la repudiaron y la sustituyeron por otras versiones griegas: la de Áquila, muy literal, entre los años 130 y 150; la de Teodoción, hacia el 180; y la de Símaco, hacia el 200, más atenta al sentido que a la letra.

En las sinagogas de Palestina, donde el pueblo ya hablaba arameo, la lectura en hebreo se acompañaba de una traducción explicada. Así nacieron los targumim, versiones arameas de tono parafrástico, primero orales y después escritas. Uno de ellos, el Targum Neophyti, lo encontró en 1956 en la Biblioteca Vaticana el exegeta español Alejandro Díez Macho, que lo considera del siglo I.

¿Por qué la Vulgata fue la Biblia oficial de la Iglesia?

El Concilio de Trento quiso que la Vulgata fuera la versión latina «que todos usasen como auténtica». A veces se entiende mal esa decisión, como si el concilio hubiera puesto una traducción por encima del original. Pío XII lo aclaró en 1943 en la Divino afflante Spiritu: aquella norma se refería solo a la Iglesia latina y al uso público de la Escritura, y no disminuía en nada la autoridad de los textos originales.

Lo que hizo Trento fue elegir, entre las versiones latinas que circulaban, la que había sido aprobada «con el largo uso de tantos siglos». Su autoridad no nació de razones críticas, sino de ese uso, que demostraba que estaba libre de error en materia de fe y costumbres. Por eso Pío XII la llama una autenticidad «jurídica», no crítica. El propio concilio, además, había pedido al Papa que se corrigiera la edición latina y, después, la griega y la hebrea.

Pío XII sacaba dos consecuencias. El texto original, escrito por el autor sagrado, «tiene mayor autoridad y mayor peso que cualquiera versión, por buena que sea, ya antigua, ya moderna». Y el decreto de Trento no impide que, para provecho de los fieles, se hagan versiones en las lenguas vulgares tomándolas de los originales. El Vaticano II lo pidió expresamente: traducciones aptas y fieles, «sobre todo de los textos primitivos de los sagrados libros» (DV 22).

¿Podemos fiarnos del texto que leemos hoy?

Sí. Al copiar a mano durante siglos se cuelan pequeñas diferencias entre unos manuscritos y otros: saltos de una palabra a otra igual, letras confundidas, palabras cambiadas de orden. De restablecer el texto original donde se alteró se ocupa la crítica textual, con reglas que se aplican desde hace siglos:

ISe prefiere la lectura que explica el origen de las demás. Es la llamada regla de oro.
IISe prefiere la lectura más difícil, porque el copista tiende a aclarar lo que le parece oscuro, no a oscurecerlo.
IIISe prefiere la lectura más breve: los copistas tendían a completar y armonizar más que a omitir.
IVLos manuscritos se pesan, no se cuentan: importa más la calidad de un testimonio que el número de copias que lo repiten.

El ejemplo más conocido es el llamado coma joánico (1 Jn 5,7-8), una frase sobre el Padre, el Verbo y el Espíritu Santo que probablemente empezó como nota al margen y acabó pasando al texto en algunas copias. Casos así son conocidos y están estudiados. Ninguna de estas variantes afecta a la sustancia de lo que la Escritura enseña. Lo que sí cambia de una edición a otra son las notas y las introducciones, y por eso conviene elegirla bien: lo explicamos en cómo empezar a estudiar la Biblia.

El curso

ProfesorP. Gabriel Calvo Zarraute
Clases12, en vídeo, una cada semana
EmpiezaJueves 15 de octubre de 2026
FormatoGrabado: se empieza cuando se quiera
Precio60 €, con becas

El autor

Marcos Vera · Director de la Escuela de Pensamiento Católico Melchor Cano

Escribe sobre historia de la Iglesia y Sagrada Escritura a partir de los manuales del P. Gabriel Calvo Zarraute y de las fuentes de primera mano. Más sobre el autor

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