La Biblia católica no es un libro: son setenta y tres, escritos a lo largo de más de mil años, en tres lenguas y en géneros que no se parecen entre sí. Esta guía responde en orden las preguntas que todo el mundo se hace al acercarse a ella, y enlaza en cada una el artículo que la desarrolla.
Casi nadie empieza bien con la Escritura. Unos la abren por el principio y abandonan en el Levítico. Otros la leen como si fuera un manual de instrucciones. Otros se quedan en las preguntas de la puerta —por qué tiene más libros que la protestante, si está bien traducida, si tiene errores— y nunca llegan al texto.
Esas preguntas de la puerta merecen respuesta. Son estas.
Por qué la Biblia católica tiene más libros
Es la primera diferencia que salta a la vista. La Biblia católica trae setenta y tres libros; las ediciones protestantes, sesenta y seis. Faltan siete del Antiguo Testamento: Tobías, Judit, Sabiduría, Eclesiástico, Baruc y los dos de los Macabeos, además de partes de Ester y de Daniel.
No es que la Iglesia los añadiera en Trento, como suele decirse. Es que estaban desde el principio en la versión que usaban los apóstoles y la Iglesia primitiva, y que fue en el siglo XVI cuando se apartaron.
La historia completa, en por qué la Biblia católica tiene 73 libros.
La traducción griega de los Setenta, hecha en Alejandría, incluía esos libros mezclados con los demás y con el mismo rango, y fue la Biblia de los primeros cristianos. El Concilio de Florencia, en 1441, dio el primer catálogo oficial para la Iglesia universal, y el de Trento lo definió el 8 de abril de 1546: todos los libros del canon tienen igual autoridad, sin libros de primera y de segunda.
Quién decidió qué entraba y qué no
La pregunta de fondo es anterior: ¿cómo se estableció esa lista? Porque en los primeros siglos circulaban muchos más escritos de los que hoy figuran en el Nuevo Testamento.
No lo decidió un emperador, ni un concilio por votación, ni fue un acto único. Fue un discernimiento largo, con criterios reconocibles: origen apostólico, uso en la liturgia de las iglesias principales, coherencia con la fe recibida. La Iglesia no creó el canon: lo reconoció.
Lo contamos en quién decidió qué libros entran en la Biblia.
Las primeras decisiones de una autoridad eclesiástica vinieron de tres concilios africanos: Hipona, en el 393, y Cartago, en el 397 y el 419, con la participación de san Agustín. Allí se promulgó el elenco completo del Antiguo y del Nuevo Testamento. El Vaticano II señala dónde está la clave de todo el proceso: «La misma Tradición da a conocer a la Iglesia el canon íntegro de los libros sagrados» (DV 8).
En qué lenguas se escribió
Hebreo para casi todo el Antiguo Testamento, arameo para algunos pasajes, griego para el Nuevo y para varios libros tardíos del Antiguo. Después llegó el latín de san Jerónimo, que durante más de mil años fue la Biblia de Occidente.
Saber esto no es erudición: explica por qué dos traducciones españolas pueden decir cosas distintas en el mismo versículo sin que ninguna mienta.
Está en en qué idioma se escribió la Biblia.
Los originales salidos de la mano de los autores sagrados no se conservan: tenemos copias, entre ellas los manuscritos hallados en 1947 en las cuevas de Qumrán. Pero la historia del texto muestra que lo que leemos hoy «corresponde sustancialmente a los textos originales». De ello se ocupa la crítica textual, que compara manuscritos y versiones antiguas para restablecer el texto allí donde un copista lo alteró.
Si hay errores en ella
La objeción más repetida, y la que más confusión genera. Conviene distinguir: una cosa es que la Escritura enseñe sin error lo que Dios quiso para nuestra salvación, y otra que sus autores usaran la cosmología, los números o la historiografía de su tiempo.
Quien exige de la Biblia la precisión de un parte meteorológico le está pidiendo algo que ella nunca pretendió dar, y se pierde lo que sí da.
Lo desarrollamos en ¿hay errores en la Biblia?.
El Concilio lo formula así: los libros de la Escritura enseñan «firmemente, con fidelidad y sin error, la verdad que Dios quiso consignar en las sagradas letras para nuestra salvación» (DV 11). Para leerlos bien hay que atender a los géneros literarios: un salmo, una parábola o un relato histórico no afirman las cosas del mismo modo. Muchas supuestas contradicciones desaparecen en cuanto se sabe qué quería afirmar el autor.
Si un católico puede leerla por su cuenta
Puede y debe. La idea de que la Iglesia prohibió la lectura de la Biblia es una caricatura con una historia detrás que conviene conocer: hubo restricciones, en momentos concretos, por razones concretas, y no significaban lo que hoy se les atribuye.
Lo que sí es cierto es que la Escritura no se lee a solas. Nació en la Iglesia y en la Iglesia se interpreta: con las notas, con los Padres, con el Catecismo, con la liturgia.
En ¿puede un católico leer la Biblia por su cuenta?.
El Concilio Vaticano II exhorta «con vehemencia a todos los cristianos» a la lectura frecuente de la Escritura, porque, dice, «el desconocimiento de las Escrituras es desconocimiento de Cristo» (DV 25). Y pide al mismo tiempo traducciones con las explicaciones necesarias para que los fieles se familiaricen con ella sin peligro. Las dos cosas van juntas: leer mucho y leer bien acompañado.
Y entonces, ¿por dónde se empieza?
Con las preguntas de la puerta resueltas, queda lo importante: leerla. Y ahí el orden decide casi todo. No se empieza por el Génesis, se empieza por un Evangelio; no se lee de corrido, se lee por tramos; y antes de nada hace falta una edición católica con notas.
El itinerario completo, paso a paso, está en cómo empezar a estudiar la Biblia siendo católico.
Empezar por los Evangelios no es un capricho pedagógico. El Concilio enseña que «entre todas las Escrituras, incluso del Nuevo Testamento, los Evangelios ocupan, con razón, el lugar preeminente, puesto que son el testimonio principal de la vida y doctrina del Verbo Encarnado, nuestro Salvador» (DV 18).
San Agustín añadía un consejo de método en Sobre la doctrina cristiana: leer primero para conocer los libros, aunque todavía no se entiendan; después, investigar con cuidado lo que en ellos se dice con claridad, las reglas de fe y de vida; y solo al final, con cierta familiaridad con su lenguaje, explicar lo oscuro a la luz de lo claro.
Los sentidos de la Escritura
Hay una llave que cambia la lectura entera y que casi nadie recibe: la tradición distingue varios sentidos en un mismo pasaje. El literal, que es lo que el autor quiso decir, y los espirituales, que es lo que ese hecho anuncia, enseña o promete.
El paso del mar Rojo ocurrió, y además prefigura el bautismo. Las dos cosas a la vez. Quien no sabe esto lee la Biblia a la mitad.
La tradición medieval resumió los sentidos en un dístico: Littera gesta docet, quid credas allegoria, moralis quid agas, quo tendas anagogia. La letra enseña lo que sucedió; la alegoría, lo que has de creer; el sentido moral, lo que has de hacer; la anagogía, hacia dónde has de tender. El propio Cristo leyó así la Escritura: vio en Jonás dentro del pez una figura de su sepultura (Mt 12,40) y en la serpiente de bronce, de su cruz (Jn 3,14).
Dónde seguir
Todo lo anterior es la antesala. Entrar de verdad exige un curso: alguien que ordene el recorrido, que ponga las fuentes y que responda a lo que surja por el camino.
Lo primero que enseña un estudio serio es que la Biblia, con toda su variedad, forma un solo libro, porque tiene un solo autor principal. San Agustín lo dijo en una frase: el único y verdadero Dios «es el autor de ambos Testamentos, ya que el Nuevo está oculto en el Antiguo y el Antiguo se hace evidente en el Nuevo». Quien lo entiende deja de ver el Antiguo Testamento como un preámbulo prescindible.
El Concilio pide que el estudio de la Sagrada Escritura sea «como el alma de la Sagrada Teología» (DV 24). Lo es también de la vida cristiana corriente, porque de ella se nutren la predicación, la catequesis y la homilía. Por eso merece la pena estudiarla con orden, con las fuentes delante y con alguien que conozca el camino.
Fuentes
|
Si vas empezando Antes de meterte en materia, conviene tener la base puesta. Nuestro curso de iniciación son 49 clases del P. Gabriel Calvo Zarraute sobre el Catecismo, los Padres de la Iglesia y la Misa de siempre, y no cuesta nada. |
|
Y cuando quieras entrar de verdad Introducción a la Sagrada Escritura Doce clases con el P. Gabriel Calvo Zarraute para leer la Biblia como la lee la Iglesia. Comienza el 15 de octubre. Ver el curso |
