Nuevo curso: Introducción a la Sagrada Escritura. Primera clase el 15 de octubre.

¿Puede un católico leer la Biblia por su cuenta?

Oct 2 / Marcos Vera

¿Puede un católico leer la Biblia por su cuenta? Sí, y la Iglesia no solo lo permite: lo pide. El Concilio Vaticano II recomienda «insistentemente a todos los fieles» la lectura asidua de la Escritura, porque, como decía san Jerónimo, «desconocer la Escritura es desconocer a Cristo».

Pero leerla a solas no es lo mismo que leerla por libre. La Biblia es un libro con dos autores, Dios y un hombre inspirado, y tiene una profundidad que no se abre del todo a una lectura apresurada. Por eso la misma Iglesia que anima a leerla da también unas pautas para no equivocarse. Este artículo explica las dos cosas.

Qué dice la Iglesia sobre leer la Biblia

La constitución Dei Verbum del Vaticano II dedica todo su capítulo VI a la Escritura en la vida de la Iglesia. Allí afirma que «es conveniente que los cristianos tengan amplio acceso a la Sagrada Escritura» (DV 22) y que la Escritura es «alimento del alma, fuente pura y perenne de la vida espiritual» (DV 21).

 

«La Iglesia recomienda insistentemente a todos los fieles la lectura asidua de la Escritura, para que adquieran la ciencia suprema de Jesucristo, pues desconocer la Escritura es desconocer a Cristo»

Concilio Vaticano II · Dei Verbum 25

No es una novedad del Concilio. A lo largo del siglo XX los papas insistieron cada vez más en ello. Benedicto XV exhortaba a todos los hijos de la Iglesia a «juntar la reverencia de la Sagrada Biblia con la piadosa lectura y asidua meditación de la misma», y deseaba que no hubiera «ninguna familia cristiana que carezca» de los Evangelios.

El Concilio llega a comparar la Escritura con la Eucaristía: «la Iglesia ha venerado siempre las Sagradas Escrituras al igual que el mismo Cuerpo del Señor» (DV 21). Y señala varios caminos para acercarse al texto sagrado: la liturgia, «llena del lenguaje de Dios», la lectura espiritual y las instituciones aptas para ello, siempre con la aprobación o el cuidado de los pastores de la Iglesia (DV 25).

¿Por qué se dice que la Iglesia prohibía leer la Biblia?

Es una idea muy extendida, y la propia Iglesia la ha tenido que desmentir. Cuando san Pío X aprobó la Sociedad de San Jerónimo, dedicada a difundir los Evangelios entre los fieles, lo hizo, según recuerda Pío XII en la Divino afflante Spiritu (1943), para «extirpar la idea de que la Iglesia se resiste a la lectura de las Sagradas Escrituras en lengua vulgar o pone para ello impedimento».

Lo que sí hubo en determinadas épocas, sobre todo en tiempos de herejías que se apoyaban en traducciones manipuladas, fueron normas para que las versiones en lengua vulgar circularan con aprobación y con notas que explicaran los pasajes difíciles. No se trataba de impedir la lectura, sino de proteger el texto. Hoy sigue vigente ese mismo criterio: una Biblia católica lleva aprobación eclesiástica y notas aclaratorias.

Qué aconsejaba san Jerónimo a los laicos

San Jerónimo, el traductor de la Vulgata, recomendaba a todos la lectura diaria de la Escritura, sin excluir a las mujeres, casadas o solteras. A una matrona romana, Leta, le propuso un orden para educar a su hija: primero el Salterio, luego los Proverbios, el Eclesiástico y Job; después los Evangelios, «para nunca dejarlos de la mano», los Hechos y las cartas de los apóstoles; y al final los Profetas y los libros históricos.

El último libro de la lista es significativo: todo ese recorrido se hacía «para que, finalmente, pueda leer sin peligro el Cantar de los Cantares». Jerónimo daba por supuesto que se leyera la Biblia entera, pero con orden y de forma progresiva. A la virgen Eustoquio le escribía: «Que te coja el sueño con el libro en la mano y que tu rostro, al rendirse, caiga sobre la página santa».

Benedicto XV recogió ese espíritu en 1920, en la encíclica Spiritus Paraclitus, escrita en el decimoquinto centenario de la muerte del santo: «jamás cesaremos de exhortar a todos los fieles cristianos para que lean diariamente sobre todo los santos Evangelios de Nuestro Señor y los Hechos y Epístolas de los Apóstoles, tratando de convertirlos en savia de su espíritu y en sangre de sus venas».

Leer a solas no es leer por libre

Aquí está el centro de la cuestión. León XIII, en la encíclica Providentissimus Deus (1893), explica que en la Escritura «se oculta gran número de verdades que sobrepujan en mucho la fuerza y la penetración de la razón humana», y saca una conclusión que conviene tener presente al abrir la Biblia:

 

«No puede negarse que los libros sagrados se hallan envueltos en cierta oscuridad religiosa, de manera que nadie puede sin guía penetrar en ellos»

León XIII · Providentissimus Deus, n. 29

No dice que el católico no pueda leer. Dice que no debe leer sin guía. La razón es sencilla: la Escritura no se escribió fuera de la Iglesia, sino dentro de ella. Pablo VI lo expresaba así en 1974: si la Palabra de Dios engendró a la Iglesia, «es también la Iglesia la que fue en cierto modo la matriz de las Sagradas Escrituras». Separar el libro de la comunidad que lo escribió, lo custodió y fijó su canon es leerlo fuera de su casa.

La propia Escritura lo advierte. San Pedro escribe: «Ante todo, tened presente que ninguna profecía de la Escritura puede interpretarse por cuenta propia; porque nunca profecía alguna ha venido por voluntad humana, sino que hombres movidos por el Espíritu Santo han hablado de parte de Dios» (2 P 1,20-21). Y de las cartas de san Pablo dice que hay en ellas «cosas difíciles de entender, que los ignorantes y los débiles interpretan torcidamente –como también las demás Escrituras– para su propia perdición» (2 P 3,16).

Por eso el Concilio encarga a los obispos que pongan en manos de los fieles traducciones «provistas de las explicaciones necesarias y suficientes para que los hijos de la Iglesia se familiaricen sin peligro y provechosamente con las Sagradas Escrituras y se penetren de su espíritu» (DV 25). Esa es la función de las notas en una edición católica.

Los tres criterios para leerla bien

El Vaticano II resume en un solo párrafo cómo se lee la Biblia de forma católica. Hay que leerla «con el mismo Espíritu con que se escribió», y para ello atender a tres cosas (DV 12):

IEl contenido y la unidad de toda la Escritura. Un versículo no se entiende aislado. Toda la Biblia, del Génesis al Apocalipsis, habla en último término de Cristo, y cada pasaje se lee a la luz del conjunto.
IILa Tradición viva de toda la Iglesia. Los Padres, la liturgia, los santos y el Magisterio son la memoria de cómo se ha entendido siempre ese texto. Quien lee con ellos no empieza de cero.
IIILa analogía de la fe. Las verdades de la fe se iluminan unas a otras. Una interpretación que contradiga lo que la Iglesia cree es, por eso mismo, una mala interpretación.

Estos tres criterios no son un freno a la lectura personal, sino lo que la hace fecunda. Con ellos, el fiel que lee en casa está leyendo dentro de la Iglesia aunque esté solo.

Esto no quiere decir que el fiel corriente no tenga nada que aportar. El Espíritu se concede también a los fieles, de modo que, cuando oran y estudian las Escrituras, puedan arder sus corazones. Pero esa lectura nunca es del todo privada: el creyente lee siempre en la fe de la Iglesia y aporta a la comunidad el fruto de lo que ha leído, para enriquecer la fe común.

El sentido literal y el sentido espiritual

Hay otra razón por la que conviene una guía: la Escritura tiene más de un nivel de sentido. El sentido literal es lo que el autor inspirado quiso decir con sus palabras. El sentido espiritual es lo que Dios quiso significar, además, con las realidades de las que habla el texto.

El ejemplo clásico es el maná. En sentido literal, es el alimento con que Dios sostuvo a Israel en el desierto durante cuarenta años. Pero esa realidad estaba destinada a significar otra, futura: la Eucaristía, como explica el mismo Cristo en el capítulo 6 de san Juan.

Santo Tomás de Aquino añade una regla de oro: todos los sentidos se fundan en el literal, y solo del literal se pueden sacar argumentos para la fe. Si no se respeta, el sentido espiritual se convierte en fantasía. Por eso el lector necesita dos cosas: entender bien lo que el texto dice y saber en qué lo ha visto cumplido la Iglesia.

El error opuesto es quedarse solo con la letra. La lectura llamada fundamentalista, nacida en el mundo protestante, entiende la inspiración como un dictado palabra por palabra y pretende leerlo todo literalmente, en todos sus detalles. No presta atención a los géneros literarios ni a los modos humanos de pensar, y a menudo convierte en histórico lo que no pretendía serlo. Se apoya, además, en la sola Scriptura, que separa la Biblia de la Tradición.

Qué es la lectio divina

Es el modo más clásico que tiene la Iglesia de hacer lectura espiritual de la Biblia. La practicaron sobre todo los monjes de Occidente, y su gran padre es san Gregorio Magno. No busca tanto un conocimiento científico de la Escritura, aunque siempre hace falta un mínimo, como una lectura orante y contemplativa, que lleva a saborear la palabra más que a investigarla. Tiene dos momentos: Dios habla en la lectura y el creyente le responde en la oración.

Un maestro medieval, Guido II, prior de la Gran Cartuja entre 1173 y 1180, describió cuatro escalones: lectura, meditación, oración y contemplación. Y los explicó con una imagen sencilla: «La lectura, en cierto modo, lleva el alimento sólido a la boca, la meditación lo mastica y desmenuza, la oración saca el sabor, la contemplación es la misma dulzura que alegra y reanima». El Vaticano II lo resume así: «a Él hablamos cuando oramos, y a Él oímos cuando leemos las palabras divinas» (DV 25).

Cómo empezar a leer la Biblia en casa

Con todo esto, unos consejos prácticos para quien quiera empezar. El orden de lectura, paso a paso, está en cómo empezar a estudiar la Biblia; aquí va lo esencial:

IUsar una Biblia católica con aprobación eclesiástica y notas. Las notas no son un adorno: son la guía de la que hablaba León XIII.
IIEmpezar por los Evangelios, y leer el Antiguo Testamento a la luz de ellos, no al revés.
IIILeer despacio y rezando. La Escritura no es un libro de consulta, sino «alimento del alma» (DV 21).
IVCuando un pasaje desconcierte, no sacar conclusiones propias: acudir al Catecismo, a los Padres o a un buen comentario.
VSeguir la liturgia del día, que ya ofrece un orden de lectura pensado por la Iglesia.

Y, si se quiere ir más a fondo, estudiar con método: qué es la inspiración, cómo se formó el canon, qué traducciones hay y cómo se distinguen los sentidos de la Escritura. Son precisamente los temas del curso que la Escuela abre este mes.

El curso

ProfesorP. Gabriel Calvo Zarraute
Clases12, en vídeo, una cada semana
EmpiezaJueves 15 de octubre de 2026
FormatoGrabado: se empieza cuando se quiera
Precio60 €, con becas

El autor

Marcos Vera · Director de la Escuela de Pensamiento Católico Melchor Cano

Escribe sobre historia de la Iglesia y Sagrada Escritura a partir de los manuales del P. Gabriel Calvo Zarraute y de las fuentes de primera mano. Más sobre el autor

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