La Biblia católica tiene 73 libros: 46 del Antiguo Testamento y 27 del Nuevo. La protestante tiene 66, porque en el Antiguo Testamento sigue el canon judío, que no incluye siete libros que la Iglesia reconoció desde la antigüedad: Tobías, Judit, 1 y 2 Macabeos, Baruc, Sirácide (Eclesiástico) y Sabiduría.
En el Nuevo Testamento católicos y protestantes coinciden en los 27 libros. La diferencia está toda en el Antiguo, y tiene una historia concreta: dos colecciones judías distintas, una decisión de los primeros cristianos y una ruptura en el siglo XVI.
En cifras
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Qué son los libros deuterocanónicos
La teología católica distingue entre libros protocanónicos, que siempre y en todas las comunidades se tuvieron por inspirados, y deuterocanónicos, cuya canonicidad fue puesta en duda en algunos lugares o épocas hasta que entraron en el canon de la Iglesia universal.
El nombre no indica que valgan menos. Como explica el manual del curso, la distinción «no pretende introducir una gradación en la dignidad y autoridad de los libros sagrados». Hay deuterocanónicos también en el Nuevo Testamento —Hebreos, Santiago, 2 Pedro, 2 y 3 Juan, Judas y Apocalipsis—, y los protestantes los aceptan.
La palabra «canon» viene del griego kanón, que designaba la caña con la que los antiguos medían. De ahí pasó a significar «medida» y, en sentido figurado, «regla» o «norma». Desde finales del siglo III, la expresión «canon bíblico» designa el catálogo oficial de los libros inspirados, que junto con la Tradición forman la regla de fe y costumbres de la Iglesia. Un libro canónico es, sencillamente, uno que pertenece a esa lista.
Contados en total, los deuterocanónicos son catorce: siete del Antiguo Testamento y siete del Nuevo. En la lista del Antiguo, Baruc incluye la llamada carta de Jeremías, que en muchas Biblias figura como su último capítulo. A ellos se suman algunos fragmentos de Ester y de Daniel que no están en la Biblia hebrea. También son Escritura, porque el canon comprende los libros enteros, no solo las partes que todos aceptaban.
Dos colecciones judías: la hebrea y la griega
En tiempos de Cristo convivían dos colecciones de libros sagrados. Una, en Palestina, en hebreo, sin los deuterocanónicos. Otra, en Alejandría, en griego: la traducción llamada de los Setenta (LXX), que sí los incluía.
Y no los incluía como un apéndice, sino mezclados con los demás libros, con el mismo rango. Todo indica que la comunidad judía de Alejandría les atribuía la misma autoridad, y que también en Palestina eran muy estimados. Entre los manuscritos de Qumrán, descubiertos en 1947, aparecieron fragmentos del original semítico de Tobías y del Sirácide.
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Antes del año 70 no había en el judaísmo una opinión única sobre qué libros debían tenerse por sagrados. La religión giraba en torno al culto del Templo, no en torno a una lista cerrada. Por eso se entiende que la comunidad de Alejandría leyera los deuterocanónicos como Escritura sin que conste ninguna disputa con Jerusalén: entre ambas comunidades hubo siempre buenas relaciones.
Conviene desmontar de paso un dato que se repite mucho: el llamado concilio o sínodo de Yabne, también conocido como Jamnia. Durante tiempo se dijo que unos rabinos reunidos allí hacia el año 90 cerraron el canon judío. Hoy los estudiosos descartan esa opinión. La academia de Yabne fue el nuevo centro espiritual del judaísmo tras la caída de Jerusalén y tuvo un papel central en el proceso, pero no definitivo.
La Biblia que leían los apóstoles
Los primeros cristianos, que hablaban y escribían en griego, usaron la Biblia de los Setenta. Es la que cita con más frecuencia el Nuevo Testamento. Y precisamente por eso el judaísmo posterior se distanció de ella.
Tras la destrucción del Templo en el año 70, los fariseos reorganizaron el judaísmo y revisaron qué libros aceptar. Exigieron que fueran anteriores al profeta Malaquías y que estuvieran escritos en hebreo. A ello se sumó la polémica con los cristianos, que usaban textos de los deuterocanónicos, algunos con una doctrina mesiánica muy clara (Sb 2,12-20), para defender su fe. El canon judío se cerró hacia el año 140 o más tarde, y sin esos siete libros.
«La misma Tradición da a conocer a la Iglesia el canon íntegro de los libros sagrados» Concilio Vaticano II · Dei Verbum 8 |
A esos dos criterios los rabinos añadieron un tercero: que el libro fuera conforme con los principios religiosos transmitidos por los fariseos. La reacción alcanzó también a la propia traducción griega. Como los cristianos se habían apropiado de la Setenta y la usaban en la polémica, los judíos terminaron por repudiarla y la sustituyeron por otras versiones, como la de Áquila, hecha entre los años 130 y 150 siguiendo estrictamente el texto hebreo oficial.
Cuándo fijó la Iglesia su lista de libros
La Iglesia no inventó el canon: lo reconoció. Los libros no son canónicos porque la Iglesia los apruebe, sino porque son inspirados; la Iglesia se limita a reconocer que ya eran norma de fe. Estas son las decisiones principales:
| I | Concilio de Hipona (393) y III y IV de Cartago (397 y 419), con la participación de san Agustín: primer elenco completo, con los deuterocanónicos. |
| II | Carta del papa san Inocencio I a san Exuperio de Tolosa (405): el mismo catálogo que fijará Trento. |
| III | Concilio de Florencia (1441): primer catálogo oficial para la Iglesia universal. |
| IV | Concilio de Trento, 8 de abril de 1546: definición dogmática del canon, con todos los libros «íntegros con todas sus partes». |
Trento tuvo que pronunciarse por la Reforma. Para que nadie dudara de qué libros recibía, el concilio añadió a su decreto el índice completo y lo cerró con una fórmula solemne: «Y si alguno no recibiera como sagrados y canónicos estos libros íntegros con todas sus partes, tal como se han acostumbrado a leer en la Iglesia Católica y se contienen en la antigua edición latina Vulgata, y despreciara a ciencia y conciencia las predichas tradiciones, sea anatema».
La frase deja ver los dos criterios en que se apoyó el concilio: la lectura litúrgica de la Iglesia y la presencia de esos libros en la Vulgata. En el fondo son uno solo, la Tradición de la Iglesia, oral y escrita. Más de tres siglos después, el Concilio Vaticano I confirmó la definición en la constitución Dei Filius, y el Vaticano II recogió esa misma doctrina en la Dei Verbum.
¿Se ha perdido algún libro inspirado?
Es una pregunta que surge con naturalidad al saber que el canon tuvo una historia. Consta que san Pablo escribió más cartas de las que se han conservado: en la primera a los Corintios alude a una carta anterior (1 Cor 5,9), y en la de los Colosenses menciona otra dirigida a los de Laodicea (Col 4,16). ¿Estaban inspiradas? El P. Calvo Zarraute responde en su manual con prudencia: quizá no sea posible saber si se ha perdido algún libro inspirado.
Algunos autores lo niegan por dos motivos. La inspiración no es un carisma para un fin privado, sino para toda la Iglesia, de modo que el libro debería haberse conservado. Y si se hubiera perdido después de ser reconocido, la Iglesia habría faltado a su misión de custodiar el depósito de la revelación. Cabe, en cambio, que se perdiera antes de ese reconocimiento un escrito destinado a un momento concreto. Más allá de eso, no se puede afirmar nada con certeza.
Por qué los protestantes tienen menos libros
La Reforma resolvió la cuestión del canon con el principio de la sola Scriptura: sin Tradición ni Magisterio que decidiera. Para el Antiguo Testamento adoptaron el canon breve de la Biblia hebrea. Lutero los reunió aparte en su Biblia de 1534, como libros de lectura útil pero no de autoridad, y también puso en duda Hebreos, Santiago y Judas, por no encajar con su doctrina sobre la justificación.
La paradoja es evidente: para decidir qué libros forman el Antiguo Testamento cristiano, se siguió el criterio fijado por el judaísmo después de Cristo y en parte contra los cristianos, en lugar del que usaron los apóstoles.
Qué perdemos sin los deuterocanónicos
No son libros menores. En 2 Macabeos se reza por los difuntos para que sean «liberados del pecado» (2 M 12,45), base bíblica de la oración por las almas del purgatorio. El libro de la Sabiduría contiene uno de los pasajes más claros sobre el Justo perseguido que anuncia la Pasión. Tobías es un tratado sobre el matrimonio y los ángeles; el Sirácide, una escuela completa de vida moral.
Trento lo zanjó con una frase que conviene recordar: todos los libros del canon tienen la misma autoridad, sin distinción de rango. Quien lee una Biblia católica tiene la Escritura entera. Si estás eligiendo una para empezar, en cómo empezar a estudiar la Biblia explicamos qué edición buscar y en qué orden leerla.
No confundir deuterocanónicos con apócrifos
Una fuente frecuente de confusión es el vocabulario. Para los católicos, apócrifos son los libros que, pese a parecerse por título o contenido a los bíblicos, nunca fueron reconocidos como inspirados: el Protoevangelio de Santiago, el Evangelio de Tomás, el Libro de Henoc, los Hechos de Pedro y tantos otros.
Los protestantes, en cambio, llaman «apócrifos» precisamente a los deuterocanónicos del Antiguo Testamento, y a lo que nosotros llamamos apócrifos los llaman «pseudoepígrafos». Por eso, cuando un protestante dice que la Biblia católica «tiene apócrifos», se refiere a Tobías o a los Macabeos, no a evangelios gnósticos. Conviene aclararlo antes de discutir.
El curso
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El autor Marcos Vera · Director de la Escuela de Pensamiento Católico Melchor Cano Escribe sobre historia de la Iglesia y Sagrada Escritura a partir de los manuales del P. Gabriel Calvo Zarraute y de las fuentes de primera mano. Más sobre el autor |
Fuentes
Para seguir leyendo |
Sigue estudiándolo Introducción a la Sagrada Escritura El canon bíblico, los libros deuterocanónicos y su historia se estudian en la Clase 5 del curso que imparte el P. Gabriel Calvo Zarraute en la Escuela de Pensamiento Católico Melchor Cano. Empieza el 15 de octubre. Ver el curso |
