Nuevo curso: Introducción a la Sagrada Escritura. Primera clase el 15 de octubre.

¿Hay errores y contradicciones en la Biblia?

Oct 2 / Marcos Vera

¿Hay errores en la Biblia? La fe católica responde que no: como Dios es su autor principal, la Escritura enseña «sin error» la verdad que Él quiso consignar para nuestra salvación (Dei Verbum 11). Lo que sí hay son pasajes que, leídos sin conocer su lenguaje y su intención, parecen errores o contradicciones.

La Iglesia lleva diecinueve siglos respondiendo a esas objeciones, de Celso y Porfirio a la crítica moderna. Este artículo explica qué significa exactamente que la Biblia no se equivoca y cómo se resuelven los casos que se citan con más frecuencia.

Qué enseña la Iglesia sobre la verdad de la Biblia

El punto de partida es sencillo: si Dios es el autor principal de la Escritura, y Dios no puede engañarse ni engañarnos, la Escritura no puede enseñar el error. León XIII lo formuló con fuerza en 1893:

 

«Está tan lejos de la divina inspiración el admitir error, que ella por sí misma no solamente lo excluye en absoluto, sino que lo excluye y rechaza con la misma necesidad con que es necesario que Dios, Verdad suma, no sea autor de ningún error»

León XIII · Providentissimus Deus, n. 45

El Vaticano II recogió esta doctrina y precisó su alcance: la Escritura enseña con fidelidad y sin error la verdad que Dios quiso consignar «para nuestra salvación». Esa cláusula no recorta la verdad de la Biblia a unos temas «religiosos» —Benedicto XV condenó expresamente esa distinción en 1920—, sino que explica qué clase de verdad busca: la que nos salva.

El texto conciliar completo dice así: «Como todo lo que los autores inspirados o hagiógrafos afirman, se debe considerar afirmado por el Espíritu Santo, hay que confesar que los libros de la Escritura enseñan firmemente, con fidelidad y sin error, la verdad que Dios quiso consignar en las sagradas letras para nuestra salvación» (DV 11). El Concilio prefirió hablar de «verdad», que subraya el aspecto positivo; la teología anterior hablaba de inerrancia, la imposibilidad de errar.

No es una idea moderna. Jesús y los apóstoles daban por zanjada una discusión con un «está escrito», y el Señor llegó a decir que «la Escritura no puede ser anulada» (Jn 10,34-35). Santo Tomás de Aquino lo resumió en un principio que la teología posterior hizo suyo: quidquid in sacra Scriptura continetur, verum est, «cuanto se contiene en la Sagrada Escritura es verdadero».

Lo que decían san Justino y san Agustín

La convicción es tan antigua como la Iglesia. San Justino, en el siglo II, escribía: «No me atrevería nunca a pensar ni a decir que las Escrituras se pueden oponer entre ellas; y si hubiese alguna Escritura que pareciera ser así, más bien confesaré que no entiendo lo que significa».

San Agustín, en una carta a san Jerónimo, dio la regla práctica que sigue valiendo hoy: si en la Escritura encuentra algo que parece contrario a la verdad, no duda en pensar que se debe a un códice defectuoso, a un traductor que no acertó, o a que su propia mente no ha llegado a comprenderlo. Es decir: el error, si lo hay, está en la copia, en la traducción o en el lector, no en el texto inspirado.

Qué fue la «cuestión bíblica»

Hasta el Concilio Vaticano I ningún teólogo católico había discutido directamente la verdad de la Biblia. El problema surgió cuando los descubrimientos de las ciencias naturales e históricas dieron pie a hipótesis que chocaban con la enseñanza común. Hubo tres actitudes. Algunos, influidos por el racionalismo y el protestantismo liberal, atacaron de frente la veracidad de la Escritura. Otros, desconcertados, quisieron limitar la inerrancia a las enseñanzas explícitamente religiosas. Y otros intentaron armonizar a toda costa ciencia y Biblia.

A ese conjunto de problemas se le llamó «cuestión bíblica», y el Magisterio respondió por etapas. León XIII fijó los principios en la Providentissimus Deus (1893). San Pío X condenó en la Pascendi (1907) a los modernistas, que admitían numerosos errores en la Biblia. Y Pío XII, en la Humani generis (1950), denunció a quienes separaban en los textos bíblicos un sentido humano y otro divino como realidades distintas.

La respuesta más clara a la segunda postura la dio Benedicto XV en la Spiritus Paraclitus. Condenó a quienes «distinguían en la Sagrada Escritura un doble elemento, uno principal o religioso, y otro secundario o profano, restringiendo o limitando los efectos de la inspiración, en particular la inmunidad de error y la absoluta verdad, al elemento principal o religioso».

¿Y la ciencia? La Biblia no es un manual de física

Muchas objeciones vienen de comparar la Biblia con la ciencia moderna. La respuesta de la Iglesia es clara: «ningún verdadero desacuerdo puede darse entre el teólogo y el físico, con tal que uno y otro se mantengan en su propio terreno» (Providentissimus Deus).

Los autores sagrados no escribían como científicos, sino como hombres de su tiempo que describen las cosas como aparecen a los sentidos. Por eso el Levítico clasifica a la liebre entre los rumiantes (Lv 11,6): no está dando una lección de zoología, sino una norma de pureza ritual con el lenguaje común de su época. Lo mismo ocurre cuando decimos que «sale el sol».

 

«El Señor no prometió el Espíritu Santo para instruirnos sobre el curso del sol y de la luna; quería hacer cristianos, no matemáticos»

San Agustín

Santo Tomás lo explicaba del mismo modo: Moisés, adaptándose a la rudeza de su pueblo, «propuso solo aquello que claramente se presenta a los sentidos». Los Padres llamaron a esto condescendencia divina. Dios, al dirigirse a los hombres, tiene en cuenta su pequeñez y se acomoda a sus modos de decir y a su lenguaje ordinario, sin dejar por ello de decir la verdad.

Pío XII lo expresó con una comparación tomada de la Encarnación: «igual que el Verbo sustancial de Dios se ha hecho semejante a los hombres en todo, excepto en el pecado, del mismo modo, las palabras de Dios, expresadas en lenguaje humano, se han hecho semejantes al lenguaje humano en todo, salvo en el error». La Biblia habla como hablan los hombres, pero no se equivoca como se equivocan los hombres.

Las narraciones históricas y los géneros literarios

Con la historia es distinto, porque los hechos sí importan para la salvación. No es indiferente que la Encarnación o el pecado original hayan ocurrido de verdad. Pero hay que saber qué entendía por «historia» un autor antiguo: no un reportaje de televisión, sino el relato de los hechos en su perspectiva más honda, la de cómo Dios actuaba en ellos.

Aquí entran los géneros literarios. Un salmo, una parábola, una genealogía o un relato apocalíptico no se leen igual. Pío XII, en la Divino afflante Spiritu, explicó que muchas aparentes inexactitudes, «si se mira bien de cerca», no son más que «las formas nativas de decir o narrar» que los antiguos usaban con toda normalidad. Para descubrir lo que el autor quiso afirmar, dice el Concilio, «hay que atender a los géneros literarios» (DV 12).

Un género literario es un modo habitual de expresarse o de narrar en una época y en una región, con sus propias reglas. Lo definen un tema, una forma interna (un himno, un cántico, una fábula), unos procedimientos característicos, como el uso de imágenes, y el contexto vital en que nació. Su estudio lo inició el protestante H. Gunkel y, en el campo católico, lo desarrollaron M.-J. Lagrange y F. Hummelauer.

De la doctrina de la Iglesia se siguen tres principios. La inspiración admite cualquier género, con tal de que no repugne a la santidad y verdad de Dios. Los géneros de un libro no se deciden de antemano, sino tras un estudio detallado y con argumentos sólidos. Y Dios se sirvió de ellos para manifestar mejor su revelación. No es un recurso para salir del paso, sino tomarse en serio que Dios habló «por hombres y a la manera humana» (DV 12).

Los pasajes moralmente difíciles

Otras objeciones no son de exactitud, sino de moral: los salmos que piden castigo para los enemigos, la ley del talión, las guerras de exterminio, la poligamia de los patriarcas. Para leerlos bien, el manual del curso da tres principios:

IQue un episodio aparezca en la Biblia no significa que se apruebe. Lo inspirado no es la conducta del personaje, sino el juicio del autor sobre ella. El pecado de David se narra para condenarlo.
IILa alabanza general de un personaje no aprueba todas sus acciones.
IIIDios sigue una pedagogía progresiva. La ley del talión, por ejemplo, limitaba la venganza sin límite que había antes, a la espera de la ley de la caridad de Cristo (Mt 5,38-42).

Dos casos ayudan a ver cómo se aplican estos principios. Los salmos imprecatorios, que piden castigo para los enemigos, no son un desahogo de odio personal, sino invocaciones a Dios para que haga justicia: que se castigue la culpa, se convierta el pecador, se defienda al justo y se restablezca el derecho. Nacen de un deseo de justicia que es bueno en sí, aunque más imperfecto que el amor que Cristo predicó.

En cuanto al divorcio y la poligamia, la ley de Moisés no los aprobaba: los toleraba en un ambiente de corrupción moral, mientras muchas páginas del Antiguo Testamento exaltan el amor conyugal y lo usan como imagen de la unión de Dios con su pueblo. El Concilio lo resume así: esos libros, «aunque contengan también algunas cosas imperfectas y adaptadas a sus tiempos, demuestran, sin embargo, la verdadera pedagogía divina» (DV 15).

Cómo responder a una «contradicción» concreta

Cuando alguien presenta dos versículos que parecen chocar, conviene hacer siempre las mismas preguntas, que resumen todo lo anterior:

I¿Qué dice exactamente el texto original, y qué traducción estoy usando?
II¿Qué género literario es y qué quería afirmar su autor?
III¿Habla de lo mismo, en el mismo sentido y desde el mismo punto de vista que el otro pasaje?
IV¿Cómo lo han leído los Padres y la Tradición de la Iglesia?

En la inmensa mayoría de los casos, con estas cuatro preguntas la contradicción desaparece. Y cuando queda alguna dificultad, vale la humildad de san Justino: confesar que no lo entendemos todavía, antes que acusar de error a Dios.

Verdad y santidad de la Escritura

Junto a la verdad, la Iglesia afirma la santidad de la Biblia (DV 11-13): sus textos enseñan una doctrina moral justa y nada en ellos desdice de la santidad de Dios. Eso no significa que todos sus personajes sean ejemplares —basta pensar en Caín, en los hermanos de José o en el propio David—, sino que el autor inspirado aprueba siempre el bien y reprueba el mal.

La Biblia, dice el manual del curso, quiere que el hombre conozca a Dios y se conozca a sí mismo. Por eso muestra hasta dónde puede llegar el mal sin la ayuda de Dios y hasta dónde llega el bien cuando cuenta con ella. Leída entera, es una lección de vida, no una galería de modelos.

El curso

ProfesorP. Gabriel Calvo Zarraute
Clases12, en vídeo, una cada semana
EmpiezaJueves 15 de octubre de 2026
FormatoGrabado: se empieza cuando se quiera
Precio60 €, con becas

El autor

Marcos Vera · Director de la Escuela de Pensamiento Católico Melchor Cano

Escribe sobre historia de la Iglesia y Sagrada Escritura a partir de los manuales del P. Gabriel Calvo Zarraute y de las fuentes de primera mano. Más sobre el autor

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